La decisión de denunciar violencia no ocurre de un día para otro. Puede tomar meses, incluso años, y en promedio hasta nueve solicitudes de ayuda antes de que una mujer logre romper el ciclo que la mantiene en riesgo, señaló la directora de la Instancia de las Mujeres de la capital, Martha Orta Rodríguez.
Aunque no existe un tiempo exacto —cada proceso es distinto—, Orta explicó que los estudios y la experiencia en campo muestran que la ruta hacia la denuncia es larga, compleja y profundamente condicionada por el miedo, la dependencia y la ruptura de redes familiares.
“Una mujer no llega a la denuncia en la primera llamada. A veces pasa por meses de intentos silenciosos, de pedir apoyo, de regresar, de dudar. No es falta de decisión; es que la violencia afecta cada aspecto de su vida”, dijo.
“Hay mujeres que tardan años en dar el paso”
De acuerdo con la funcionaria, hay casos donde una víctima toma la decisión solo después de que la violencia escala al punto de poner en riesgo su vida o la de sus hijas e hijos.
“Hemos visto procesos que tardan meses, y otros que han tardado años. Hay mujeres que nos dicen: ‘Esta es la última vez que puedo más’, y ahí es donde finalmente ejercen acción penal”, explicó.
La directora señaló que la demora no debe interpretarse como tolerancia o resignación, sino como un reflejo del impacto psicológico y social que viven quienes dependen económicamente de su agresor, no cuentan con apoyo familiar o han normalizado la violencia desde edades tempranas.
Las redes rotas: uno de los mayores obstáculos
Orta subrayó que muchas mujeres llegan al punto de denunciar cuando sus vínculos familiares o de amistad ya están fracturados.
“Cuando finalmente toman la decisión, muchas veces lo hacen solas. Es ahí donde el Estado debe aparecer, porque sus redes ya no están, o ya no les creen, o están cansadas de verlas regresar”, indicó.
Esta situación, agregó, convierte a las instituciones de atención en un sostén clave, pues cada acercamiento —incluso cuando no deriva en denuncia— forma parte de un proceso emocional que no puede apresurarse ni invalidarse.
La Instancia recordó que los refugios reciben principalmente a mujeres que ya agotaron todas sus opciones previas.
“Cuando llegan ahí, es porque han buscado ayuda muchas veces, y su entorno ya no les brinda seguridad. Es el punto donde la vida corre peligro”, señaló.
Acompañamiento sin presión, la clave
Para la directora, el reto de las instituciones es acompañar a las víctimas sin exigir decisiones inmediatas, pues forzarlas puede profundizar el temor y alejarlas del sistema de apoyo.
“Cada vez que una mujer pide ayuda es un momento crítico. No importa si no denuncia ese mismo día: importa que regrese, que sepa que no está sola y que confíe en que será escuchada”, apuntó.
Orta enfatizó que el tiempo que una mujer tarda en romper el ciclo no debe ser motivo de juicio, sino un recordatorio de la urgencia de fortalecer los servicios de apoyo psicológico, jurídico y social.
“La denuncia no es un acto espontáneo; es la culminación de un proceso desgastante. Nuestro trabajo es estar listas cuando llegue el momento”, concluyó.


