Más de 120 años de devoción iluminan el Callejón para los habitantes del corazón del Centro Histórico; desde hace siete años, Rosario Porras Medina es una de las devotas que honra el legado heredado de su madre y bisabuela con su altar de Dolores.
Esta tarde, el histórico Callejón del Buche, ubicado en la calle Ignacio Altamirano, en el tradicional Barrio de Santiago, luce completamente vestido de blanco y morado. Los colores del luto y la devoción envuelven este espacio que, desde hace más de un siglo, se transforma cada Viernes de Dolores en un santuario colectivo dedicado a la Virgen de los Dolores, la cual es una advocación mariana que conmemora los siete dolores que sufrió la Virgen María durante la vida y pasión de Jesús.
Reconocido como Patrimonio Cultural Municipal en 2022, este callejón es escenario de una de las tradiciones más profundas de la Semana Santa potosina, pues a lo largo de varias cuadras, desde la avenida Damián Carmona hasta 16 de Septiembre, cerca de 400 altares adornan las fachadas de las viviendas, en los que familias enteras participan con esmero, creatividad y fe, el convivir, desde un acompañamiento, en el que reciben con las puertas y brazos abiertos a los visitantes.
Durante el recorrido, se observa una constante: la generosidad de sus habitantes. Mujeres y hombres ofrecen a visitantes y fieles aguas frescas que llegan a simbolizar las lágrimas de la Virgen de Dolores, además de alimentos tradicionales como la capirotada, enchiladas potosinas y otros antojitos que fortalecen el sentido comunitario de la ahora celebración.
La presencia de familias completas, jóvenes, visitantes y hasta estudiantinas que amenizan el ambiente, da cuenta de una tradición viva, en constante renovación, pero fiel a sus raíces. Incluso, se celebran misas en algunas viviendas, en medio de la gran afluencia.
Entre los altares, destaca el de la señora Rosario Porras Medina, quien desde hace siete años participa activamente en esta tradición, heredada de generaciones anteriores.
“Nos encargamos mi sobrina y yo de elaborar el altar. Es cada año. Ya tenemos muchos años con esta tradición, yo la vengo retomando desde mi mamá, desde mi bisabuela”, comparte con emoción, al tiempo de ofrecer de corazón un pedacito de hogar con sus alimentos.
Su altar no solo es una muestra de fe, sino también de historia familiar. “Tengo imágenes de más de 120 años, como la Virgen que está en lámina. Son piezas que han pasado por generaciones y que hoy siguen aquí, vivas”, explica.
Para doña Rosario, esta celebración representa mucho más que una costumbre: es una herencia espiritual que debe preservarse. “La Virgen la veneramos cada año. Es una tradición que no queremos que se muera. Invitamos a todos a que vengan, que conozcan, que se empapen de esto y que también participen”.
Asimismo, destaca el significado del agua que se ofrece a los visitantes: “El agua representa las lágrimas de la Virgen. Es una forma de compartir y de recordar su dolor”, y a pesar de los cambios y la presencia del comercio, asegura que la esencia permanece intacta. “El comercio siempre ha existido, pero lo importante es la devoción. Ahora que ya es patrimonio cultural, también hemos recibido apoyo, y eso nos permite seguir mejorando”.
Mientras cae la noche, el Callejón del Buche continúa llenándose de vida, de luz y de fe. Entre rezos, aromas, música y pirotecnia, la tradición se reafirma año con año como un símbolo de identidad potosina, donde la memoria y la devoción se entrelazan para no desaparecer y se acoplan con la comunidad que han formado quienes desde su corazón ofrendan lo que tienen para compartir con quienes son gustosos de asistir.


