Poco se habla ahora de los artesanos de calzado, más no se deja de solicitar este oficio guardado de experiencia y tradición, que sigue sosteniendo a familias y adaptándose a los nuevos retos en el tiempo.
En la explanada de la Alhóndiga, a un costado del Mercado Pípila, en camino al Mercado República, en el Centro Histórico de la Capital Potosina, el golpeteo de herramientas y el olor a cuero revelan la persistencia de uno de los oficios más antiguos: la reparación de calzado.
Pues aunque el paso del tiempo y la competencia en la industria han transformado el panorama, zapateros como el señor Rafael y José Asunción demuestran que este trabajo sigue como su principal sustento, como herencia y arte; mismo que algún día sostuvo a toda su familia, dando desde el alimento y los estudios a sus hijos y compañeras de vida.
Rafael, con 46 años de experiencia desde 1978, ha hecho de este espacio su lugar de vida y trabajo. “Casi siempre ha habido movimiento, siempre hay chambita”, afirma mientras con sus manos repara suelas, tapas y costuras. A la vez, cuenta que su jornada, inicia alrededor de las 11:30 de la mañana y concluye a las 4:30 de la tarde, lo que refleja una rutina constante marcada y sostenida por la fidelidad de sus clientes.
Aunque en el oficio representa un reto constante la presencia de grandes zapaterías y el comercio chino tanto físico, como en línea, esto no determina el final de la labor artesanal arropada por la dedicación, que inspira confianza a las personas para seguir fieles a adquirir el servicio.
Rafael es viudo desde hace cinco años y entre memorias comparte que este trabajo le permite subsistir y que de aquí mismo “salió para darles escuela” a sus cuatro hijos. Trabaja solo, sin ayudantes, y en ocasiones lleva algunas piezas a casa para concluirlas, especialmente trabajos de costura.
Su historia refleja la resistencia de un oficio que, aunque no fue heredado por sus hijos, sigue como fundamental en su vida cotidiana, pues día a día lo acompaña más allá de representar una fuente de ingresos.
A tan solo unos metros, también se encuentra José Asunción, quien suma 39 años en el mismo oficio. Para José, su experiencia confirma que la demanda persiste, aunque reconoce que suelen presentarse variaciones conforme a la temporada del año; siendo el regreso a clase de las y los estudiantes un tiempo fuerte para él, pues es solicitado además de en el arreglo de calzado, para remendar mochilas.
Fuera de ello, explicó que las reparaciones más comunes que le solicitan siguen siendo la colocación de tapas en zapatos de mujer, la reparación de suelas en el calzado masculino y la composturas de tenis.
Sobre los desafíos, también señaló la llegada del calzado de baja calidad, particularmente el importado. “El calzado chino no tiene reparación, dura muy poco”, comenta. No obstante, observa un cambio en el consumo: “La gente se está regresando al calzado mexicano por su durabilidad”, dice esperanzado.
Los costos accesibles son otro factor clave pues las reparaciones que van desde el como colocar un cierre nuevo en una mochila pueden rondar los 100 pesos, mientras que unas tapas para el calzado de mujer van de los 35 a 50 pesos, con tiempos de entrega que, en muchos casos, no superan los 20 minutos.
José Asunción destaca además el valor social del oficio, aprendido de su padre, no solo le ha permitido vivir de este, sino también compartir su conocimiento con otros. “Hemos enseñado a trabajar a unas 40 o 50 personas que ahora viven de esto”, dice con orgullo.
Ambos zapateros coinciden en una invitación a apostar por la reparación de calzado, pues a la par de apoyar a que este arte no muera, es una alternativa económica y sostenible. A la vez es un arte que en cada puntada, en un cambio de suela, no solo se alarga la vida de las piezas, sino también la de un oficio con el que subsiste este sector que se esfuerza cada vez más por no desaparecer, demostrando que la actividad va más allá de un trabajo.


