Hogares potosinos disparan consumo de agua y acumulan residuos peligrosos sin control

En el marco del Día Mundial de la Tierra, la discusión ambiental dejó de centrarse en grandes industrias para apuntar directamente a los hogares. En entrevista, autoridades municipales de San Luis Potosí delinearon un panorama inquietante: cada casa se ha convertido en un punto crítico tanto por el consumo invisible de agua como por la generación cotidiana de residuos peligrosos.
María Guadalupe Urbina Acevedo, coordinadora de Educación, Capacitación y Cultura del Agua, explicó que el problema comienza con lo que no se ve. “No dimensionamos el agua que usamos porque no siempre es directa; está incorporada en todo lo que consumimos. Vivimos rodeados de agua sin darnos cuenta”, señaló.
Bajo esta lógica, actividades aparentemente simples como vestirse, comer o utilizar dispositivos implican un gasto acumulado que puede alcanzar hasta 15 mil litros de agua por persona al día. “No es solo el agua que bebemos o usamos en la regadera, es la que ya viene ‘gastada’ en cada producto que adquirimos”, precisó.
El impacto se vuelve más severo en contextos urbanos como el de la capital potosina, donde el ritmo de vida ha normalizado prácticas de alto consumo. “La inmediatez tiene un costo hídrico muy alto; todo lo rápido, lo desechable y lo abundante requiere enormes cantidades de agua para existir”, advirtió.
En paralelo, la especialista subrayó que los hogares concentran una diversidad de residuos peligrosos que rara vez son identificados como tales. En la cocina, por ejemplo, alimentos en mal estado como pan con moho o papas con brotes representan riesgos sanitarios; mientras que envases de productos químicos, aceites y restos de limpiadores contienen compuestos tóxicos.
En el baño y áreas de servicio, la lista se amplía: cloro, amoníaco, desinfectantes, aerosoles y tintes para el cabello. “Muchos de estos productos liberan vapores dañinos o reaccionan entre sí si se mezclan. El problema es que los usamos sin información y los desechamos sin control”, explicó.
La situación se agrava en espacios como cocheras o bodegas domésticas, donde es común encontrar pilas en desuso, focos ahorradores, solventes o incluso jeringas utilizadas en tratamientos médicos. “Estamos acumulando materiales que pueden ser tóxicos, punzocortantes o contaminantes, y terminan en la misma bolsa que los residuos orgánicos”, alertó.
Esta mezcla, indicó, genera una cadena de riesgos. Al ser recolectada, la basura es compactada, lo que provoca rupturas y liberación de sustancias peligrosas. Posteriormente, en los sitios de disposición final, personas que dependen de la separación de residuos quedan expuestas sin protección adecuada.
“Estamos trasladando el riesgo de nuestras casas a otras personas y al medio ambiente. Lo que tiramos sin pensar no desaparece, solo cambia de lugar”, afirmó.
Urbina Acevedo insistió en que el problema no es únicamente técnico, sino cultural. “Hemos normalizado prácticas que son insostenibles. Consumimos más de lo que necesitamos y desechamos sin responsabilidad”, dijo.
Frente a este escenario, la recomendación es clara pero poco aplicada: separar residuos, no mezclar sustancias químicas, respetar las indicaciones de uso y reducir el consumo de productos de alta demanda hídrica.
“La casa es el primer punto de control. Si no corregimos ahí, cualquier esfuerzo institucional será insuficiente”, concluyó.
La advertencia deja poco margen a la indiferencia: la crisis ambiental no solo se mide en ríos o presas, sino en cada objeto que se compra, en cada residuo que se desecha y en cada litro de agua invisible que se consume diariamente.

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