Francisco Posadas
Junio 14 de 2026
México volverá a ser sede de un Mundial en 2026. Y como cada cuatro años, aparece nuevamente la pregunta: ¿por qué México no logra pasar del quinto partido?.
La pregunta no solo es obligada, también es lógica. Nuestra selección ha sido un asiduo asistente a los Mundiales.
De los diez equipos con más participaciones, todos han sido campeones del mundo, excepto México y Bélgica. Hemos asistido a 18 de los 23 Mundiales disputados. Nuestro país ha sido tres veces sede de la Copa del Mundo, sin logros deportivos relevantes. Y este mundial, no será la excepción y se concluye por un análisis nada sofisticado.
Solo Brasil (23), Alemania (21) y Argentina (19) tienen más participaciones que México, y todos ellos han sido campeones del mundo en distintas ocasiones.
México tiene una larga tradición futbolera, aunque sus antecedentes son vagos y poco documentados con precisión antes de 1943, año en el que se toma como referencia el inicio del fútbol profesional en el país, con una liga ya establecida, con nueve equipos y un torneo oficial.
Los campeonatos mundiales de fútbol iniciaron en 1930, pero sus inicios fueron irregulares y poco competitivos. Asistían selecciones con facilidades para viajar en barco, y con ligas locales que apenas permitían la formación de jugadores profesionales o semiprofesionales.
La FIFA, creada en 1904, requirió varias décadas para consolidarse como organismo global, y los Mundiales incluso fueron suspendidos durante la Segunda Guerra Mundial en 1942 y 1946, reanudándose en 1950.
En esa época, México no asistió al Mundial de 1934 por no haber clasificado, y en 1938 se retiró por falta de financiamiento y por lo prolongado del viaje en barco. El mundial se realizó en Francia.
A partir de 1950, México ha sido un asiduo participante en los Mundiales. La principal razón de su frecuente asistencia es que ha clasificado en la zona más débil en términos futbolísticos del mundo, la CONCACAF, incluso por debajo del nivel de África en distintas etapas históricas.
Heridas estructurales y episodios oscuros
El fútbol mexicano ha tenido episodios muy oscuros en su historia de clasificación y competencia.
En particular, destacan dos eliminaciones en la cancha: la del premundial de Haití en 1973, y la del premundial en Honduras en 1981. A esto se suma el episodio más escandaloso: el caso de los “Cachirules” en 1990, cuando se falsificaron actas de nacimiento de jugadores en un torneo juvenil.
La FIFA sancionó a la selección mexicana y se le negó la participación en el Mundial de Italia 1990. México es, la selección que ha terminado en más ocasiones en último lugar en fase de grupos, tres ocasiones.
El primer punto logrado por México en un Mundial fue en 1958, con un empate 1-1 ante Gales. La primera victoria llegó hasta 1962, contra Checoslovaquia, con marcador de 3-1.
Fue hasta 1970, como país sede, cuando México logró por primera vez superar la fase de grupos, terminando en primer lugar, sin recibir goles y con dos victorias y un empate. Sin embargo, fue eliminado en cuartos de final por Italia, con marcador de 4-1 en Toluca.
Fue el primer Mundial donde México tuvo un protagonismo relevante como anfitrión, aunque desde el punto de vista deportivo su desempeño fue discreto.
Ese Mundial de 1970 marca un antes y un después no solo para el fútbol mexicano, sino para el fútbol mundial.
A partir de ese periodo, se presentan acontecimientos trascendentes que convierten el fútbol en un deporte global.
La llegada de João Havelange a la presidencia de la FIFA, el 11 de junio de 1974, durante el congreso celebrado en Fráncfort, transforma el fútbol en un negocio global, altamente lucrativo, con una estructura de poder concentrada y de larga permanencia hasta 1998.
Se impulsa un modelo de negocio opaco, expansivo y profundamente comercial.
El fútbol deja de ser únicamente un deporte para convertirse también en una industria global de entretenimiento.
En México, en 1973, se fusionan Tele sistema Mexicano y Televisión Independiente de México, dando origen a Televisa, consorcio que dominaría la televisión nacional durante décadas. La transmisión del fútbol se convierte en uno de sus negocios más lucrativos.
A partir de ese momento, el fútbol empieza a jugarse no solo en la cancha, sino también en la pantalla y en la publicidad, que lo convierte en el deporte más popular del país y del mundo.
El fútbol y, por ende, la Selección Nacional, no pertenecen al gobierno ni a ningún organismo estatal. No existe injerencia formal de estos en su gestión. El fútbol profesional es un sistema privado, donde los clubes y sus propietarios tienen autonomía en el manejo de recursos, jugadores y decisiones estructurales.
En México, a partir de 1970, después de ser sede del Mundial, el fútbol se convierte en un negocio altamente rentable para las televisoras, que además eran dueñas de algunos equipos, y por tanto de los derechos de transmisión.
Las pugnas por el control han sido permanentes. En países con mejores marcos institucionales, muchas de estas tensiones se han regulado mediante legislación y estructuras deportivas más sólidas. En México, en cambio, el fútbol ha evolucionado como negocio, pero se ha estancado como modelo deportivo desde hace al menos cincuenta años.
Las causas de la mediocridad del fútbol mexicano son múltiples, pero convergen en una lógica central: los dueños de los clubes privilegian el negocio por encima del desarrollo competitivo, lo que arrastra a la selección nacional.
Esto no solo limita la competencia, sino que la distorsiona. Y cuando no hay competencia real, hay incompetencia estructural.
Entre los factores que profundizan este fenómeno se encuentran: la concentración de equipos en grupos de poder, la multipropiedad, la sobrevaloración salarial en una liga de bajo nivel competitivo, la llegada de extranjeros de rendimiento irregular con fines comerciales, la eliminación del ascenso y descenso, y la protección excesiva del patrimonio de los clubes por encima de los derechos deportivos.
Cualquier conflicto de jugadores o entrenadores con los directivos puede derivar en vetos informales dentro del sistema, generando un ambiente donde la crítica o la defensa de derechos puede implicar exclusión.
La Selección juega frecuentemente fuera del país con fines comerciales, priorizando ingresos en dólares por encima de criterios deportivos.
Las decisiones de la Selección, su técnico y su estructura son frecuentemente influenciadas por intereses de clubes y propietarios, lo que condiciona convocatorias y procesos deportivos.
Se ha dejado de participar en torneos de alto nivel competitivo como la Copa Libertadores y la Copa América, mientras se han privilegiado torneos de menor exigencia deportiva como la Copa Oro o la CONCACAF Champions Cup, con un enfoque principalmente comercial.
En algunos casos, incluso se han documentado prácticas irregulares en procesos de formación y gestión deportiva, incluyendo denuncias de pagos indebidos en niveles inferiores del sistema, para que los novatos puedan jugar.
El torneo local se ha reducido a un formato de 17 jornadas de baja exigencia relativa, seguido de una liguilla que concentra la definición del campeonato, lo que reduce la continuidad de los procesos técnicos. Los entrenadores, en promedio, permanecen poco más de un año en sus cargos.
Las fuerzas básicas no son prioridad en muchos clubes, que prefieren invertir en jugadores ya formados, frecuentemente extranjeros, en lugar de desarrollar talento nacional.
Los entrenadores, en su mayoría exjugadores reciclados dentro del mismo sistema, carecen de una escuela nacional consolidada con experiencia internacional sostenida. El resultado es un modelo técnico cerrado y repetitivo.
El fútbol mexicano no ha evolucionado en aspectos fundamentales durante décadas. Entre 1950 y 1966, el portero titular de la selección nacional fue Antonio “Tota” Carbajal, quien jugó cinco Mundiales.
Su longevidad es destacable, pero también evidencia una falla estructural: durante veinte años no se logró formar un portero con nivel competitivo suficiente para disputarle el puesto.
A partir de su retiro surgieron porteros como Calderón, Castrejón, Toño Mota, el “Gato” Vargas, Rafael Puente o Raúl Orvañanos, sin que se consolidara una escuela de porteros de alto nivel. Ese vacío persiste en distintos ciclos generacionales.
A falta de competencia real basada en mérito, surgen el amiguismo, el empirismo y los intereses comerciales en la conformación de selecciones.
Un ejemplo contemporáneo es Guillermo Ochoa, quien ha participado en seis procesos mundialistas. Más allá de su presencia prolongada, el hecho refleja que durante dos décadas México no ha logrado consolidar una renovación sólida en una posición clave como la portería. Es evidente que el mismo proceso se repite, siete décadas después.
El problema no fue la calidad de Carbajal ni la de Ochoa. Ambos tuvieron méritos suficientes para sostener largas carreras. Lo preocupante es que, separados por más de medio siglo, ambos casos reflejan la misma falla estructural: la incapacidad del sistema para generar competencia sostenida por el puesto y producir relevos que disputaran legítimamente la titularidad.
La Selección Nacional ha sido históricamente manipulada y condicionada por intereses externos al modelo deportivo que debería privilegiarse.
Esto ayuda a explicar por qué México, pese a su tradición futbolera y sus constantes clasificaciones mundialistas, continúa atrapado en un modelo que privilegia la inercia, los intereses comerciales y la simulación sobre la competencia real y el desarrollo deportivo.
México no será protagonista en su tercer Mundial como sede. Sencillamente porque permanece estancado en los mismos vicios del pasado: las mismas estructuras de poder, las mismas inercias, la misma selección condicionada y un modelo deportivo que no ha evolucionado al ritmo del fútbol mundial.
México no compite como contendiente en los mundiales por tener una gestión y una estructura deportiva incompatibles con el desarrollo del fútbol. Y su exitoso modelo de negocios tiene como base la pasión que desencadena en las masas, sin necesidad de mejorar la calidad del fútbol.
El desahogo socialmente aceptable de cada semana suple todas las carencias.
Durante siete décadas se ha hecho lo mismo, y se han profundizado los mismos problemas estructurales.
El resultado será, inevitablemente, el fracaso. Siete mundiales consecutivos eliminados sin alcanzar a ganar el quinto partido.
Es evidente el problema estructural que no interesa corregir a quienes toman decisiones, la pasión de la afición sostiene un fútbol de escasa calidad. Y eso es suficiente para no cambiar el estatus quo.
Puedo afirmar con buen grado de certeza, que México será derrotado en fases tempranas de eliminación directa en este Mundial, a pesar de ser local. Porque simplemente su fútbol no ha evolucionado, mientras el fútbol mundial ha alcanzado un nivel muy superior.
El mal de la selección —y podríamos afirmar que del país— es la ausencia de competencia real. Existe un temor cultural a la meritocracia como vía de éxito. Y cuando no hay competencia, hay incompetencia.
Se privilegian el arreglo, la corrupción, la componenda, el amiguismo y la simulación.
Este fenómeno no es exclusivo del fútbol. En distintos ámbitos —social, político, jurídico, deportivo y académico— se repite la misma lógica: la erosión del esfuerzo y la disciplina como base del éxito. Y predomina nuestro símbolo nacional emblemático: el “dedazo”. En esencia, la selección nacional es reflejo de la estructura social del país.
El fútbol no ganará nada mientras mantenga el modelo de negocios y deportivo que ha sido sostenido durante décadas por una nomenclatura que ha convertido la competencia en simulación.
A quienes les apasiona el fútbol, es respetable que sigan apoyando a la selección e idolatrando a sus jugadores. Es legítimo. No porque cuestionemos la mediocridad e inoperancia de la selección nacional somos sus enemigos. Los verdaderos enemigos son sus dueños, sus dirigentes y su corrupción e inoperancia; ese es el verdadero mal del fútbol mexicano.
Y cada aficionado está en libertad de ver el fútbol a su manera. Como buen veterano después de ver fútbol durante 58 años y vivir 14 Mundiales, lo veo con espíritu crítico sin perder la pasión por el buen fútbol.
Cada aficionado termina buscando un lugar donde reconciliarse con el balompié. El mío sigue estando en Brasil. No en cualquier Brasil, sino en aquel que hizo del juego una música, una alegría y una forma de inteligencia: el de 1970 y el de 1982.
Tal vez por eso, cuando el fútbol mexicano, cada cuatro años, vuelve a entregarnos su mezcla habitual de inoperancia, decepción y podredumbre, mi memoria corre hacia otra parte: hacia el equipo que me enseñó, desde niño, que el fútbol jugado con belleza también podía ganar.
Mientras el balón ruede, todo puede pasar; la pelota es caprichosa, el azar es un tirano y el fútbol es un juego. Todo es posible en la pasión de ver rodar la pelota.
El mito del quinto partido solo puede romperse por el azar o por una pelota caprichosa, nunca por las estructuras del fracaso, que suelen confundirse con destino cuando en realidad son costumbre.


