De los ratones verdes al «ya mérito» y la maldición del quinto partido

Por Francisco Posadas
Junio 21, 2026

Mientras transcurre el Mundial de 2026 y la fase de grupos consume la atención de millones de aficionados, vale la pena hacer una pausa para observar algo más importante que los resultados inmediatos: la historia de la selección mexicana de fútbol y las constantes que han acompañado su desarrollo durante más de siete décadas.

Después de ver en vivo quince Mundiales, incluyendo el actual. Los primeros en blanco y negro, después en color, más tarde en alta definición y ahora en la era de la inteligencia artificial. He visto cambiar jugadores, entrenadores, dirigentes, televisoras, formatos de competencia y modelos de negocio. Sin embargo, hay una sensación que parece repetirse generación tras generación.
La selección mexicana ha cambiado de rostro muchas veces, pero no necesariamente de destino.

Antes de 1950, el fútbol mexicano era todavía una actividad rudimentaria.

La profesionalización era limitada, la preparación física precaria y la competencia internacional escasa. Diversos relatos sostienen que algunos jugadores mexicanos llegaron al Mundial de Brasil 1950 en condiciones físicas deficientes e incluso se habló de casos de anemia. Más allá de la exactitud médica de esas versiones, reflejan el nivel de improvisación con el que México enfrentaba las grandes competencias.
La paradoja es interesante. En 1950 los futbolistas llegaban con carencias físicas elementales.

En 2026 llegan acompañados de nutriólogos, fisiólogos, preparadores físicos, laboratorios de rendimiento, análisis de datos y presupuestos millonarios. Y aun así, la pregunta de fondo sigue siendo parecida. ¿Por qué México no logra competir consistentemente con las grandes potencias?
Durante los años cincuenta y sesenta apareció una figura extraordinaria: Ignacio Trelles. Hasta hoy sigue siendo el entrenador más exitoso en la historia del fútbol mexicano.

Bajo su conducción México obtuvo su primer punto mundialista en 1958 y su primera victoria en 1962 al derrotar a Checoslovaquia, que posteriormente sería subcampeona del mundo.

Sin embargo, aquellos avances convivían con enormes limitaciones estructurales. En 1961, México sufrió una derrota histórica frente a Inglaterra en Wembley por 8-0. Aquella goleada dio origen al mote de los «Ratones Verdes». La expresión reflejaba la percepción internacional de una selección tímida, inferior y destinada a competir desde la desventaja.

La etiqueta resultó cruel, pero sobrevivió durante años porque conectaba con una realidad evidente: México participaba en los Mundiales, pero rara vez parecía capaz de disputarlos verdaderamente.

El problema no era únicamente futbolístico. México pertenecía a una región periférica del fútbol mundial. Mientras Europa y Sudamérica construían ligas más competitivas, sistemas de formación más sólidos y culturas futbolísticas cada vez más sofisticadas, el fútbol mexicano avanzaba con lentitud, atrapado entre la improvisación, los conflictos directivos y una visión de corto plazo.

La distancia con las potencias no era solamente técnica. Era institucional, económica y cultural.
La década de los setenta resultó todavía peor. Se pueden resumir aquellos años en tres episodios, bastaría recordar Haití 1973, Argentina 1978 y Honduras 1981.
Haití representó la vergüenza. Argentina fue la obscenidad futbolística. Honduras confirmó que el problema era estructural.

México quedó fuera de Alemania 1974, realizó una actuación desastrosa en Argentina 1978 y volvió a fracasar rumbo a España 1982.
Se recuerda la impotencia, las sensaciones de observar una selección incapaz de representar dentro de la cancha la indignación que millones sentían fuera de ella. No era solamente perder. Era perder mal. Y perder siempre. Jugando a nada.

Paradójicamente, la renuncia de Colombia a organizar el Mundial de 1986 terminó cambiando el rumbo de la historia. México recibió nuevamente la sede y alcanzó los cuartos de final, su mejor actuación fuera de la fase de grupos. La ilusión regresó. Pero duró poco.

En 1988 estalló el escándalo de los Cachirules. La selección juvenil había registrado jugadores mayores a la edad permitida. La FIFA respondió expulsando a todas las selecciones mexicanas de las competencias oficiales durante dos años. México quedó fuera del Mundial de Italia 1990 sin siquiera tener oportunidad de disputar la clasificación. Fue el mayor escándalo administrativo en la historia del fútbol nacional.

México no quedó fuera de Italia 1990 por perder un partido. Quedó fuera por hacer trampa. La utilización de jugadores mayores en una competencia juvenil provocó una sanción histórica de la FIFA y exhibió algo más grave que una derrota deportiva: la descomposición institucional de la dirigencia futbolística.

El caso de los Cachirules marcó el punto más bajo del fútbol mexicano. No fue una derrota, ni un penal mal marcado, ni un árbitro rigorista, un error de la defensa o mala suerte. No se perdió en la cancha. Fue una derrota moral.
Después de ese episodio oscuro, la década de los noventa trajo algo que México no había tenido con frecuencia: continuidad competitiva.

Por primera vez la selección comenzó a presentarse regularmente en los grandes escenarios internacionales con equipos capaces de competir de tú a tú durante largos periodos de los partidos. El problema dejó de ser la clasificación al Mundial.

El problema pasó a ser qué hacer cuando aparecían los verdaderos candidatos al título. Ahí comenzó a construirse la nueva frustración generacional.

En 1991, comenzó una nueva etapa. La llegada de César Luis Menotti, técnico de Argentina campeón mundial en 1978, introdujo una visión distinta del juego y ayudó a construir una generación más competitiva.

México fue subcampeón de la Copa América en 1993, encabezó su grupo en el Mundial de 1994 y comenzó una larga racha de clasificaciones consecutivas a la segunda ronda de los Mundiales. Fue entonces cuando nació una nueva narrativa. El «ya merito». México competía. México luchaba. México mostraba carácter. México avanzaba. Pero cuando llegaba el momento decisivo aparecía la eliminación.

La selección fue eliminada por Bulgaria en el Mundial de 1994; Alemania en 1998; Estados Unidos en 2002; Argentina en 2006; Argentina nuevamente en 2010; Países Bajos en 2014; Brasil en 2018.

Después de la dolorosa derrota del “No era penal” frente a Países Bajos en 2014, salí a caminar para rumiar la pena. Recuerdo un parque cercano.

Estaba exactamente como el ánimo del país: desierto, silencioso y triste.
No necesitaba leer periódicos ni escuchar análisis deportivos para entender lo que había ocurrido. Bastaba ver las calles vacías, los parques desiertos y los rostros de la gente. México había vuelto a quedarse a las puertas de algo que llevaba décadas persiguiendo. Así es el fútbol. Cruel e implacable en el resultado.
Siete Mundiales consecutivos terminaron exactamente en el mismo punto.

La segunda ronda. Con el paso de los años, aquella repetición terminó transformándose en una obsesión nacional: el quinto partido. La expresión parecía señalar un problema nuevo, pero en realidad describía el mismo fenómeno de siempre.

Antes fueron los Ratones Verdes. Después fue el ya merito. Finalmente llegó la maldición del quinto partido. Las etiquetas cambiaron. El problema permaneció. El futbol internacional evolucionó a un ritmo insostenible e inalcanzable para la selección nacional.

La historia del fútbol mexicano no pertenece únicamente a jugadores, entrenadores y dirigentes. También pertenece a millones de aficionados que cada cuatro años vuelven a ilusionarse, vuelven a decepcionarse y vuelven a empezar. Quizá por eso el análisis futbolístico en México suele ser tan emocional.

Porque para varias generaciones la selección no es sólo un equipo: es una costumbre familiar, una conversación heredada y una esperanza que se renueva incluso después de cada fracaso. Hay pocos símbolos que unifican al mexicano: el Lábaro Patrio, el Himno Nacional, la Virgen de Guadalupe y la Selección Nacional.

La afición tuvo algunos momentos de alegría, también aparecieron logros importantes.

El subcampeonato de Copa América en 1993. La conquista de la Copa Confederaciones en 1999 frente a Brasil. Los títulos mundiales Sub-17 de 2005 y 2011. La medalla de oro olímpica obtenida en Londres 2012. Sin embargo, existe una característica común en todos esos éxitos. Fueron aislados. No lograron convertirse en el punto de partida de una transformación estructural.

Muchos países construyen sobre sus generaciones exitosas. México suele celebrar sus excepciones como si fueran la regla. Y quizás ahí se encuentra una de las claves para entender su historia.

Finalmente, el Mundial de Qatar 2022, rompió incluso la ilusión del ya merito. Por primera vez, después de siete Mundiales consecutivos, México no logró superar la fase de grupos.

La eliminación fue la consecuencia visible de problemas acumulados durante décadas: una liga profesional que inhibe la competencia y genera incompetencia, sin descenso y plagada de extranjeros que limita la generación de nuevos talentos locales; deficiencias en la formación de jugadores, falta de continuidad en los proyectos deportivos, cambios permanentes de dirección técnica y una estructura que con frecuencia parece priorizar intereses económicos sobre objetivos deportivos. Y esa es quizá la conclusión más incómoda de toda esta historia.

Los nombres cambian; los entrenadores cambian; los dirigentes cambian; las televisoras cambian; los formatos cambian. Pero el diagnóstico permanece sorprendentemente estable.

Dentro de todo este marco de fracasos, México también ha tenido logros internacionales. Por desgracia, han sido aislados y esporádicos, derivados de algunas buenas generaciones de jugadores y de momentos deportivos favorables, pero lejos de ser mérito de una estructura deportiva sólida, consistente y de largo plazo, capaz de formar generaciones sucesivas de futbolistas de alto nivel.

Quizá la mayor paradoja del fútbol mexicano es que nunca ha carecido completamente de talento. Ha producido grandes jugadores, entrenadores capaces y generaciones competitivas.

Lo que ha faltado es continuidad. Los éxitos aparecen, entusiasman y alimentan la esperanza de un cambio profundo, pero rara vez se convierten en el punto de partida de una transformación duradera.

El problema histórico no ha sido ganar ocasionalmente; ha sido construir las condiciones para volver a ganar.
El negocio siempre ha sido la prioridad y todo indica que seguirá siéndolo. Los hechos así lo demuestran. Ahí están los números. Ahí están las evidencias.

Por eso los Ratones Verdes, el ya mérito y la maldición del quinto partido no son tres historias distintas. Son tres capítulos de una misma historia. Y cada cuatro años, cuando comienza un nuevo Mundial, volvemos a abrir el mismo libro, con capítulos de pasión y esperanza que se apagan con un final que ya conocemos, el fracaso.

Este texto no nació de una búsqueda en internet ni de una recopilación de estadísticas. Los datos ayudan a precisar fechas y resultados, pero la materia prima principal proviene de otro lugar: la memoria. La memoria futbolística, histórica y emocional de alguien que observó estos acontecimientos mientras ocurrían.

La memoria es imperfecta, como toda experiencia humana, pero también conserva algo que ninguna base de datos registra: el ambiente de cada época, las expectativas, las frustraciones, las conversaciones familiares, los silencios después de una derrota y las ilusiones que reaparecían cada cuatro años.

Los resultados pueden consultarse en cualquier archivo; las sensaciones sólo sobreviven en quienes las vivieron. las sensaciones, las frustraciones, las ilusiones y los desencantos no estaban en ningún buscador. Estaban donde suelen permanecer las experiencias que realmente importan: en la memoria.

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