La palabra es pensamiento.
02 de agosto 2026
Cerraré con un presagio que nos dejó la Copa del Mundo de Fútbol y que engloba una tesis de todos los tiempos, pasados y futuros: el ser humano necesita creer.
Porque antes que un espectáculo, antes que una industria y antes que una competencia deportiva, el fútbol reveló una de las necesidades más profundas de nuestra especie: encontrar algo que nos una, algo que nos identifique, algo en lo cual depositar nuestras esperanzas, nuestros sueños y nuestras emociones.
Quizá el fútbol no se convirtió en una religión porque sustituyó a las antiguas creencias, sino porque reveló algo más profundo: la necesidad humana de creer en algo, pertenecer a algo y compartir un ritual colectivo. La pregunta del futuro no será cuánto crecerá el fútbol, sino quién controlará la fe de millones de seres humanos. Las creencias son cuestiones personales, pero compartirlas puede masificar puntos de encuentro, el fútbol, por sus características, se ha convertido en una especie de nueva religión colectiva y las similitudes con estructuras religiosas son asombrosas.
La vida moderna corre a pasos agigantados, por lo menos es la percepción cuando se ingresa a la tecnología que está en nuestras manos. En un celular está el acceso al mundo. Las redes sociales se apoderan de todo y los seres humanos tienen unida su existencia al aparato sujeto en su mano, y esa tecnología moderna vino a revolucionar el comportamiento de las personas.
Sin embargo, el avance de la tecnología se desfasa de la evolución humana, en particular cuando se habla de cuestiones colectivas esenciales como la igualdad de derechos. Y vemos cómo comunidades alejadas y aisladas de la civilización carecen de servicios básicos, pero tienen acceso a teléfonos celulares.
El ser humano necesita creer, es una necesidad imperiosa en su comportamiento individual y colectivo. Esa necesidad la han cubierto, desde hace milenios, las religiones, que además de diversas, son múltiples e inagotables en su surgimiento. El ser humano no deja de creer; simplemente cambia el objeto de su fe.
Pero el ser humano también cambia en sus percepciones de lo que es creer, y en quien creer. La fe descansa sobre dogmas que se erosionan con la modernidad y con el acceso a la información. Pasamos del engaño y el autoengaño a la mercadotecnia que promociona satisfactores inmediatos, emociones y vivencias intensas. Los espectáculos y eventos mediáticos son piedra angular de las actividades humanas modernas. Las redes sociales bombardean con información infinita y las emociones momentáneas nos hacen adictos a la tecnología, perdiendo juicio crítico y capacidad de análisis y concentración.
Los espectáculos son una nueva religión, una nueva forma de fe.
Así, el fútbol parece que va a llenar ese vacío que desde hace años erosiona las religiones tradicionales.
Las estructuras religiosas, con sus jerarquías, rituales, liturgias y simbolismos, ya no llenan las expectativas de las masas, sobre todo porque han dejado de lado un hecho fundamental: la autocorrección.
A pesar de los avances científicos, muchas de las religiones mantienen sus dogmas intactos, e insisten en que las masas de fieles crean en esos dogmas, hoy muchos de ellos no solo falsos sino peligrosos.
Este fenómeno no pertenece exclusivamente a una tradición religiosa o cultural determinada. A lo largo de la historia, diferentes instituciones basadas en creencias, identidad colectiva o trascendencia han enfrentado la misma tensión: cómo conservar la autoridad moral sin quedar fuera del escrutinio humano.
Los presagios no son halagüeños, y se observan sombras ominosas de lo que serán las religiones en el futuro, piezas de museo de no corregir sus dogmas y evolucionar a la par que evolucionan las sociedades. Apostarle a que durante siglos o milenios se han mantenido como estructuras sociales de poder y control es temerario, en una época en que la comunicación humana es infinita y el planeta es un habitáculo pequeño y frágil.
El fútbol se ha convertido en un sustituto de los rituales de la religión. No es casualidad. El ser humano en un estadio goza de libertades que no puede ejercer en un recinto de consagración y fe. Y la persona requiere desahogar sus pasiones, emociones, sentimientos y algunos instintos primitivos.
El estadio es un lugar donde el aficionado expresa toda su fe y confianza en el dogma de su equipo y sus jugadores, su fe es incondicional y es capaz de cualquier cosa con tal de lograr que su equipo triunfe: anima, arenga, grita, canta, invierte, consagra con cerveza y mantiene un ritual permanente durante noventa minutos que lo aísla y aleja de todo contacto con el mundo exterior, como un trance espiritual que lo conecta directamente con su fe y convierte al estadio en un verdadero templo moderno.
La camiseta se convierte en un símbolo de identidad y creencia. Si gana se la pone, si pierde no se la quita. La necesidad de compartir esa identidad es primitiva, tribal. No admite grietas, se es o no se es fanático de un equipo, no hay términos medios. Y si el equipo es su selección nacional, la entrega es total, incondicional, casi ciega. Eso unifica de manera súbita el valor nacional como símbolo de identidad.
El aficionado se convierte en un creyente y custodio de una memoria colectiva, del pasado y del presente de su equipo, de sus títulos, de sus colores, símbolos y trofeos y cada triunfo lo disfruta como una experiencia religiosa.
Los futbolistas son llevados al rango de ídolos históricos intocables, como deidades del deporte y portadores de una identidad compartida por millones de fanáticos. Esa identidad se expresa cada semana en el ritual de un estadio de fútbol. Los jugadores, los entrenadores y todo el equipo son tratados como héroes contemporáneos sometidos a adoración y juicio.
Los grandes eventos deportivos se han convertido en rituales planetarios, con alcances globales y los jugadores son elevados a rango de celebridades mundiales y son idolatrados en el triunfo y pueden ser crucificados en la derrota, en solo una semana. Un futbolista es tan grande como su última actuación.
Los paralelismos entre religión y fútbol pueden analizarse desde hechos tangibles y fenómenos sociales observables: la concentración del poder, los rituales colectivos, la construcción de símbolos y la capacidad de generar comunidades de pertenencia.
La concentración del poder en una autoridad central con enorme capacidad de decisión y pocos contrapesos efectivos es la característica dominante. Un poder que se concentra se reproduce y preserva mecanismos de continuidad institucional. Las similitudes pasan por un tamiz histórico, político y social.
La estructura jerárquica es evidente: la figura del máximo dirigente concentra un fuerte poder simbólico e institucional y está rodeado de un grupo de personajes incondicionales, con adaptación al sistema con una precisión matemática.
La dimensión económica no solo es el eje rector de toda la estructura; también es la que permite sostener y expandir la organización a escala mundial y permite tener un control con base en los apoyos económicos con enormes recursos.
La presencia en todos los países permite mantener una capacidad de influir en culturas muy distintas y mantener la característica de universalidad necesaria para un control central. La FIFA posee una de las redes internacionales más extensas del planeta: sus 211 federaciones afiliadas superan incluso el número de Estados miembros de organismos multilaterales como la ONU.
Tanto la religión como el fútbol se manifiestan socialmente a través de rituales, ceremonias, calendarios, símbolos, himnos, vestimentas y protocolos que fortalecen el sentido de pertenencia. Y ambas son capaces de concentrar multitudes alrededor de esas ceremonias colectivas con una dimensión casi litúrgica.
Y el paralelismo se magnifica cuando se analizan las comunidades de creyentes o aficionados. Personas que desarrollan una identidad profunda alrededor de la institución o de lo que representa, la necesidad de creer y pertenecer se concentra en esos eventos multitudinarios.
Por el otro lado, existe el lado oscuro de las instituciones: ambas facetas comparten una limitada rendición de cuentas. Este es un tema central en la evolución de las religiones que llevan siglos o milenios fortaleciendo las estructuras sin rendir cuentas y por otro lado una nueva institución moderna como es la FIFA, que en poco más de un siglo existencia, ha logrado integrar una nueva forma de capturar las pasiones humanas y convertirse en una auténtica máquina de ganar dinero sin rendir cuentas.
Lo que demuestra explícitamente que cuando se logra capturar la pasión, la fe o las creencias humanas más profundas, los resultados son extraordinarios. El consumo se dispara y se concentra sin necesidad de vender nada, simplemente se capturan las necesidades humanas y el mercado hace el resto.
Con este poder de convocatoria el tema se concentra en los matices que utilizan ambos casos, la religión y el fútbol. Como estructuras altamente centralizadas tienden a ser menos transparentes y más difíciles de fiscalizar.
También existen contradicciones evidentes que matizan la vida moderna. La pasión del aficionado ha sido capturada por eventos deportivos con una estructura y atmósfera adictiva. Así el aficionado se transforma en consumidor del deporte y aparece una tensión entre pasión y negocio.
Surge entonces la contradicción moderna: el aficionado entrega pasión, tiempo y recursos, mientras el espectáculo se convierte en una industria global. Y vuelve la vieja consigna adaptada a nuestro tiempo: pan y circo. Aunque en ocasiones el pan esté duro y el circo amañado, porque quienes controlan el entramado manejan las reglas del juego y el aficionado queda inerme ante las decisiones y los costos del espectáculo.
En muchas sociedades modernas, algunas funciones sociales que durante siglos estuvieron vinculadas exclusivamente a la religión —la reunión comunitaria, los símbolos colectivos, la celebración ritual y la construcción de identidad— también han encontrado un nuevo escenario en los estadios. Ahí convergen y se expresan todas las pasiones humanas; además se agregan alicientes como el acceso a la tecnología y la inteligencia artificial, elementos cada vez más alejados de la experiencia religiosa humana original.
Las visiones futuristas son un presagio de lo que puede venir como cambio cultural entre las religiones milenarias y el fútbol como fenómeno social con enormes similitudes, pero con rituales ajenos a la experiencia espiritual que pretenden las religiones.
Después de cerrar el Mundial de 2026, es evidente que el fútbol es una nueva religión del ser humano. Cuando observamos las manifestaciones humanas en los estadios, en las calles, en las redes sociales y en la vida cotidiana, los espectáculos deportivos en general y el fútbol en particular han adquirido un papel preponderante en las prioridades del ser humano. Y aquí vienen las preguntas lógicas: no se puede mirar solamente lo que ocurrió, sino preguntarse hacia dónde va este fenómeno.
El fútbol no es una religión en sentido literal, empieza a ocupar espacios que históricamente pertenecían a otras formas de identidad colectiva: pertenencia, ritual, símbolos, héroes, comunidad, esperanza, celebración y hasta redención. Y porque no consagración, sacrificio y hasta confesión.
Y surge otra pregunta: ¿El fútbol es la nueva religión del ser humano porque llena un vacío espiritual colectivo, o porque hemos convertido una pasión humana en el último gran ritual global?
El ser humano no dejó de creer; cambió los templos, los símbolos y los rituales.
Y queda una última reflexión: esto no significa que la verdad no exista, sino que la percepción humana siempre está condicionada por la mirada, la experiencia, los valores, los intereses y el contexto desde donde se observa.
El análisis permite observar que los paralelismos entre la FIFA y el Vaticano son impresionantes: la influencia global, la penetración en las conductas humanas y el poder de convocatoria los colocan en escenarios comparables. Ambos han construido narrativas capaces de generar identidad y pertenencia.
Llama la atención el poco tiempo que le ha llevado a la FIFA construir una estructura semejante a otra que requirió siglos, o incluso milenios, para consolidarse. Y este hecho no es casualidad, es el tema central que debemos analizar para comprender la magnitud del fútbol como un fenómeno social inexplicable. Existe una postura política de la FIFA muy clara para lograr sus propósitos: la construcción de legitimidad moral. Muchas instituciones globales no se presentan únicamente como administradoras de poder o recursos; construyen un relato basado en valores superiores: servicio, unidad, paz, solidaridad, desarrollo humano, ayuda social. La tensión aparece cuando las prácticas internas son cuestionadas frente a esos ideales declarados. Y en el contexto económico, se presentan como organizaciones ‘sin fines de lucro’, una denominación que genera debate cuando se observa que alrededor del deporte se movilizan enormes intereses financieros.
Porque hay que ver solo en estimaciones, lo que significa la dimensión económica: tanto las instituciones religiosas como deportivas pueden operar con enormes flujos financieros y tener una presencia mundial. El punto de análisis no es solamente cuánto dinero manejan, sino cómo se justifica, administra y supervisa ese patrimonio económico.
Porque la pregunta no sería simplemente: ¿el fútbol se parece a una religión?
¿Qué ocurre cuando una actividad humana que nació como juego, pasión y expresión colectiva adquiere una estructura de influencia semejante a aquellas instituciones que durante siglos administraron la fe, la identidad y la pertenencia?
Puede observarse como en un análisis de patrones de poder humano, pueden repetirse en contextos distintos. La autoridad, cuando carece de controles suficientes, puede generar problemas similares en ámbitos religiosos, políticos, económicos o deportivos.
El problema no es aquello en lo que el ser humano cree; el problema aparece cuando quienes administran esa creencia olvidan que también deben rendir cuentas.
Las instituciones modernas sobreviven no únicamente por su tradición o autoridad, sino por su capacidad de revisarse a sí mismas, aceptar errores, corregirse y adaptarse. Esa es una de las bases de la cultura democrática contemporánea: ningún poder debería estar completamente exento de crítica.
Instituciones históricas con estructuras verticales tienden a justificarse por la tradición, la misión o la trascendencia de sus fines.
Las sociedades modernas exigen transparencia, límites, rendición de cuentas y mecanismos de corrección.
¿Qué ocurre cuando instituciones que manejan emociones humanas profundas conservan estructuras de poder antiguas dentro de un mundo que exige nuevas formas de legitimidad?
No es cosa menor pedir a quienes administran la fe y la pasión de las multitudes que se apeguen al pensamiento universal más evolucionado de la vida moderna. La democracia y rendición de cuentas
La religión durante siglos administró preguntas existenciales: el sentido de la vida, la muerte, la esperanza, la culpa, la salvación.
El fútbol moderno, en un periodo mucho más breve, aprendió a administrar otras necesidades humanas: identidad, pertenencia, rivalidad, celebración, nostalgia, orgullo colectivo.
Ahí está lo sorprendente: un juego creado para competir con un balón terminó construyendo símbolos, héroes, rituales, peregrinaciones, narrativas épicas y comunidades emocionales globales. Y es ‘para Ripley’: resulta increíble cómo algo aparentemente sencillo como patear un balón puede convertirse en una de las fuerzas sociales más poderosas del planeta.
Las instituciones humanas no solamente sobreviven porque engañan; sobreviven porque responden a necesidades reales de las personas. El problema aparece cuando esa necesidad se convierte en una fuente de poder sin suficiente autocrítica.
Ahí está la contradicción fascinante: la gente no sigue solamente a una institución porque sea manipulada. También la sigue porque encuentra identidad, consuelo, emoción y comunidad. Pero precisamente porque tiene ese poder sobre millones, debe estar sometida a mayor escrutinio, no a menor.
El problema nunca fue que el ser humano creyera. El problema aparece cuando aquello en lo que cree deja de aceptar preguntas. Como en la religión y ahora en una Copa del Mundo de Fútbol.
La dimensión de la creencia: tanto la religión como el deporte generan comunidades emocionales. El creyente y el aficionado no solo participan: pertenecen. Hay símbolos, himnos, ceremonias, lugares sagrados (templos/estadios), fechas rituales y figuras veneradas.
Ahora bien, es necesario cuestionar: ¿las conductas de los líderes y de su círculo cercano en el fútbol y en las religiones tienen conductas acorde con su narrativa de los valores humanos que representan como instituciones globales?
La condición humana es voluble, impredecible y contiene matices y diversidad de conductas, sin embargo, podemos deducir con base en hechos, si la conducta de los líderes es correcta o incorrecta con base en valores socialmente aceptables.
Y entramos en un terreno que no podemos conocer del todo desde fuera porque implicaría juzgar la conciencia individual. Puede haber distintas posibilidades: convicción genuina de que sus acciones benefician a la institución, defensa de intereses propios, una visión del mundo donde sus decisiones están justificadas por una misión superior, o simplemente una desconexión entre la percepción interna y la crítica externa. Entramos entonces al terreno de la conciencia personal, los valores, la ética y la formación de principios
La historia está llena de dirigentes de todo tipo de instituciones que no se percibían a sí mismos como villanos. Muchos justificaban sus actos como necesarios para preservar un orden que consideraban valioso. El punto filosófico interesante no es tanto si «sienten vergüenza de sus actos», sino otra pregunta más profunda:
¿Qué mecanismos existen para obligar a una institución poderosa a corregirse cuando sus propios miembros consideran que no tienen nada que corregir?
Es cuando un deporte como el fútbol sustituye a las religiones tradicionales, no se trata de fe, sino de evaluación de hechos. Esa transición es precisamente el choque entre dos mundos: el mundo de la creencia y el mundo de la evidencia pública. Es el principio esencial de esta tesis que hoy planteamos: cuando hablamos de creencias humanas, el fútbol se magnifica y la religión se erosiona.
Y el paralelismo nos lleva a conclusiones e interrogantes más profundas. Las religiones han prevalecido durante siglos, y hoy una estructura que replica el modelo y captura una pasión humana, en poco más de un siglo. Aparece en el escenario global como una nueva religión social de masas.
Ahí surge la interrogante lógica: ¿Cómo pueden sobrevivir estructuras de poder con rasgos medievales en sociedades que se definen como modernas?
Y quienes encabezan las estructuras, que están formados en una época moderna y tienen como característica inteligencia, educación y cultura, ¿por qué no necesariamente actúan con ética? Debemos reconocer que tanto el presidente de la FIFA como los jerarcas eclesiásticos tienen una formación sólida y una cultura muy por encima del promedio social.
La historia ha demostrado muchas veces que conocimiento y virtud no son sinónimos. La inteligencia es una herramienta; la ética es una elección. Una persona puede tener una enorme capacidad de análisis, entender perfectamente las consecuencias de sus actos y aun así justificar decisiones que otros consideran moralmente inaceptables.
¿Por qué ocurre?
Una explicación está en que los seres humanos no somos gobernados solamente por la razón. También influyen: El poder prolongado puede alterar la percepción de uno mismo. Algunas personas empiezan a creer que su posición, su misión o su institución están por encima de las críticas externas.
La racionalización. Quizá el mecanismo psicológico más importante. Pocas personas se ven a sí mismas como villanas. Muchas encuentran argumentos para convencerse de que sus acciones son necesarias, inevitables o incluso beneficiosas. El ser humano tiene una enorme capacidad para construir narrativas que justifiquen sus decisiones.
La pertenencia al sistema. Una persona puede entrar a una estructura con ciertas convicciones y, con el tiempo, adaptarse a la cultura interna de esa organización. Lo que desde fuera parece inaceptable, dentro puede convertirse en «la forma normal de hacer las cosas».
El ego. El reconocimiento, la influencia y la sensación de ser indispensable pueden convertirse en fuerzas muy poderosas. El problema no es tener ambición; el problema aparece cuando la ambición deja de estar subordinada a principios.
Pero hay una pregunta todavía más profunda: ¿existe realmente una lucha entre el bien y el mal?
Muchos filósofos dirían que no es una batalla entre dos fuerzas externas, sino una tensión permanente dentro del propio ser humano. La misma persona puede tener generosidad y egoísmo, grandeza y mezquindad, altruismo y deseo de poder.
La tragedia humana es que los mayores daños de la historia no siempre fueron realizados por personas ignorantes. Muchas veces fueron realizados por personas preparadas, organizadas y convencidas de que tenían una justificación.
Hannah Arendt reflexionó sobre esto al estudiar cómo personas aparentemente normales podían participar en sistemas profundamente dañinos. Su concepto de la «banalidad del mal» no significaba que el mal fuera pequeño, sino que a veces puede surgir de personas que dejan de cuestionar críticamente sus propios actos.
La pregunta ética central sería:
¿Qué hace una persona cuando tiene la capacidad de hacer algo y nadie tiene suficiente poder para detenerla?
Ahí se revela el carácter.
Porque la ética no se prueba cuando todos observan y reconocen tus virtudes. Se prueba cuando tienes poder, cuando puedes beneficiarte, cuando podrías actuar de otra manera y aun así decides respetar límites.
¿Por qué la humanidad produce individuos capaces de comprender los valores más elevados y, al mismo tiempo, crear sistemas que parecen contradecirlos?
Quizá la respuesta más incómoda es esta: porque la evolución humana ha sido más rápida en dominar el mundo exterior que en dominarse a sí misma. Es una realidad que no ha sido superada como naturaleza humana. Capaces de dominar multitudes, incapaces de dominar las propias conductas. Los ejemplos son múltiples en la historia humana.
Hemos aprendido a construir estadios gigantescos, redes globales y tecnologías extraordinarias. Pero seguimos enfrentando preguntas antiguas: poder, ego, codicia, reconocimiento, miedo y la tentación de colocar nuestros intereses por encima del bien común.
Mi presagio es simple y carece de pretensiones: solo invita a la reflexión. Quizá el fútbol no es una nueva religión porque la gente sea irracional; quizá lo es porque refleja exactamente lo que somos: nuestra necesidad de creer, nuestra capacidad de unirnos, pero también nuestras contradicciones más profundas.
El fútbol no resuelve los grandes problemas de la existencia. No cambia la vida de nadie ni altera el destino del ser humano. Debe entenderse como el desahogo de una pasión y una forma de drenar nuestras emociones mediante rituales socialmente aceptados.
Tuve un encuentro con Gianni Infantino. Un encuentro humano, sin críticas, sin rencores, sin resentimientos. Percibí con claridad la dualidad de ambos mundos: el del poder y el del aficionado.
La conclusión es simple: también conocí el poder. Y ese es el momento de la verdad, porque el poder pone a prueba el carácter de una persona.
El poder, por sí mismo, no explica nada. Lo que revela es quién eres. Se puede morder, masticar y escupir, porque envenena. Seduce, halaga y termina transformando a quien deja de gobernarse a sí mismo. Como en el mito de las sirenas, llama desde la distancia y ofrece una promesa irresistible; la verdadera prueba consiste en escucharlo sin perder la capacidad de gobernarse.
Después del presagio queda la pregunta que desgarra la reflexión sobre la condición humana y que ha acompañado a la humanidad desde siempre: ¿qué hace el poder con un ser humano y qué necesita una persona para no perderse cuando lo ejerce? ¿Por qué el ser humano traiciona los valores que dice defender?
Porque la verdadera batalla nunca ha estado solamente en conquistar el mundo exterior, sino en aprender a gobernarse a sí mismo. De poco sirve dominar y conquistar multitudes cuando somos incapaces de dominar las propias conductas.


