La FIFA como sistema global: el negocio como deidad

Epílogo histórico

La FIFA como sistema global: el negocio como deidad

En estos primeros días de agosto de 2026, cuando las sedes del Mundial de Fútbol todavía parecen humeantes y conservan el aroma del pasto tras las batallas épicas disputadas en la cancha, y mientras las pasiones del balompié comienzan a sedimentarse, sale a la luz pública un escándalo proporcional a las ganancias obtenidas por la FIFA en el reciente certamen. A solo nueve días del cierre del Mundial, el presidente de la FIFA pretendió abrir al capital privado hasta el 20 % de una nueva entidad comercial vinculada al Campeonato Mundial.

Este epílogo sostiene que la expansión comercial de la FIFA no constituye un episodio aislado, sino la culminación de un modelo histórico que ha subordinado el deporte a la acumulación de riqueza y poder. Para demostrarlo, se examinan la propuesta de FIFA Forward Enterprise, las omisiones posteriores al Mundial, la evolución institucional desde Havelange y las alternativas de gobernanza que permitirían devolver al fútbol su sentido colectivo.

Las estimaciones más conservadoras —porque, como siempre, la FIFA no hace públicas sus ganancias— sitúan los ingresos entre 11 mil y 15 mil millones de dólares. Aunque no todo corresponde a ganancia neta, pues existen gastos, erogaciones y pérdidas, se entiende la magnitud del negocio.

Lo que se puso sobre la mesa no era una reforma financiera. Era algo mucho más profundo: el lugar que hoy ocupa el negocio dentro del fútbol. Cuando el negocio se convierte en la deidad del organismo, se sacrifican los valores del fútbol: la pasión que nos hace creer. El balón parece haber dejado de rodar sobre el césped para comenzar a girar alrededor de los balances financieros. El niño ya no piensa en jugar como un acto lúdico, sino en la riqueza que, en el futuro, podría otorgarle una habilidad bien remunerada. El aficionado pierde el encanto de la incertidumbre del juego y solo ve la voracidad de los de pantalón largo. El fútbol es pasión. Es virtud. Es juego bonito. Es magia, no solo negocio.

Como en los funerales de los grandes magnates del mundo moderno, «todavía estaba tibio el cadáver»; en este caso, el cadáver del Mundial y el presidente de la FIFA anunciaba una propuesta que venía acariciando desde 2016 y que, una década después, se transformó, como suele ocurrir con todo lo que implica enormes recursos económicos, en un engendro de la iniciativa original.

En 2016, el recién electo presidente anunció FIFA Forward como una promesa de democratización del desarrollo del fútbol. Se trataba de un programa creado por Gianni Infantino para redistribuir una mayor parte de los ingresos de la FIFA entre sus 211 asociaciones miembro, con el objetivo declarado de impulsar el desarrollo del fútbol mundial mediante el financiamiento de infraestructura, la formación de jugadores, el fútbol femenino, la capacitación y los proyectos locales.

El componente esencial de la promesa era que cada país pudiera beneficiarse del dinero generado por el fútbol mundial para hacer crecer su propio balompié. En términos
2 económicos iniciales, cada federación recibiría hasta 5 millones de dólares por ciclo de cuatro años, con controles de uso y auditorías que garantizaran que los recursos fueran destinados al desarrollo deportivo. El objetivo era democratizar el acceso a los recursos del fútbol mundial.

Una década después, concluido el Campeonato Mundial de Fútbol de 2026 y apenas nueve días después del silbatazo final, de la coronación de España y de la zacapela que tuvo como principales protagonistas a integrantes de la delegación argentina tras la derrota en la final, la afición seguía esperando el dictamen oficial. Aunque, por experiencia, sabía que podía sentarse a esperar. El silencio institucional también comunica; a veces confirma la distancia entre quienes administran el espectáculo y quienes lo sostienen.

Ajeno a todas esas preguntas que dejó el Mundial, Gianni Infantino presentó, el 28 de julio de 2026, una nueva propuesta: un nuevo modelo de negocios para la FIFA. El esquema financiero buscaba transformar la gestión comercial del Mundial y ampliar los recursos destinados al desarrollo del fútbol.

En 2026, después de revisar los balances de utilidades provenientes del reciente torneo, el presidente de la FIFA intentó alcanzar un consenso entre las 211 federaciones afiliadas para profundizar, mediante este nuevo esquema, la dimensión financiera del sistema.

El núcleo de la propuesta consistía en crear una nueva entidad comercial separada de la estructura tradicional de la FIFA y aportar a ella una parte de sus activos comerciales —se mencionó alrededor del 20 %—. La iniciativa no consistía simplemente en vender el 20 % de la FIFA ni en repartir activos como lo haría una empresa tradicional.

La idea central de FIFA Forward Enterprise (2026) era permitir la entrada de capital privado minoritario, utilizar esa inversión para aumentar el valor de los derechos comerciales —televisión, patrocinios, licencias y nuevos negocios— y generar mayores ingresos futuros para alimentar programas de desarrollo como FIFA Forward.

En síntesis, se buscaba convertir una parte del patrimonio comercial del fútbol mundial en un vehículo de inversión para multiplicar su valor y obtener mayores rendimientos.
La oposición surgió de inmediato en dos bloques muy fuertes: la UEFA, encabezada por su presidente, Aleksander Čeferin, y la Concacaf. La discusión no era solamente económica; el punto sensible era la gobernanza.

Las posturas eran claras: la FIFA sostenía que el fútbol genera una riqueza enorme y que era necesario profesionalizar la explotación de esos activos para repartir más recursos.

Los opositores planteaban una pregunta fundamental: ¿hasta dónde debe llegar la participación del capital privado en una institución que administra el principal símbolo deportivo del planeta?

¿Cuál era el argumento para impulsar la transformación del fútbol en un activo financiero global?
3

En una década cambió el discurso y aparecieron contradicciones profundas. Parecía haber influido la revisión de los dividendos del Mundial más exitoso económicamente de la historia y el primero disputado con 48 selecciones.

En 2016, FIFA Forward planteaba que el dinero del fútbol debía volver al fútbol en forma de inversión.

En 2026, FIFA Forward Enterprise planteaba que el patrimonio comercial del fútbol podía abrirse al capital privado para generar más riqueza.
La contradicción era evidente, pues ambas prioridades podían ubicarse en polos opuestos.

Una vez concluido el Campeonato Mundial, la familia del fútbol esperaría una postura lógica, congruente y transparente de un organismo global sin fines de lucro.
Se esperaría un balance del legado deportivo e histórico del primer Mundial de fútbol disputado con 48 selecciones: un informe profesional, detallado y orientado a generar materiales útiles para futuras competencias, así como una revisión de fortalezas y amenazas que permita convertir los riesgos en oportunidades. Esa es una obligación profesional del organismo y demostraría su vocación democrática y su compromiso con la gobernanza.

También se esperaría un análisis profesional, serio y técnico del principal problema expuesto durante la competencia mundialista: el arbitraje.
La evaluación del arbitraje remite a un problema histórico y decisivo para la credibilidad, la confianza y la transparencia en la aplicación del reglamento. Era necesario valorar con sentido autocrítico el desempeño de los árbitros, el uso del VAR y las nuevas tecnologías como parte esencial de una nueva era del fútbol, así como sus repercusiones en los resultados de partidos clave.

En este terreno, la Comisión de Arbitraje tiene muchas cuentas por saldar a raíz de las polémicas que estallaron en redes sociales, medios de comunicación y entre millones de aficionados. Los fanáticos, figuras centrales del espectáculo, merecían explicaciones, respuestas y, sobre todo, transparencia. Sin embargo, la respuesta antes, durante y después del Mundial fue el silencio. Antes de atender este asunto sustantivo, y apenas nueve días después de concluido el torneo, la FIFA, con las arcas llenas, abrió una propuesta para ampliar los negocios y reafirmarlos como su deidad. Increíble.

Por otro lado, la afición espera un reporte puntual sobre el zafarrancho protagonizado por argentinos y españoles al final del partido que cerró el torneo. Fueron hechos bochornosos: agresiones, golpes, faltas de respeto al juego limpio y manifestaciones ajenas al espíritu deportivo. Estas conductas no solo habrían vulnerado el reglamento de competencia, sino que también evidenciaron comportamientos inaceptables que merecen una investigación sólida y, en su caso, las sanciones correspondientes. Las actitudes permisivas de la FIFA han propiciado actos incompatibles con un evento de alcance global. Es un mal ejemplo para los jóvenes y para el espíritu de una Copa del Mundo.
Por último, se esperaría una propuesta evidente e impostergable, convertida ya en una necesidad histórica: ¿cuál es el plan futuro para el arbitraje, que pierde credibilidad, genera

4
cada vez más polémicas y rinde menos cuentas? Los árbitros permanecen blindados por las autoridades de la FIFA y atrincherados bajo la protección de su Comisión de Arbitraje, impermeable a la crítica. En lugar de ejercer la autocrítica, se justifican malos arbitrajes sin el menor atisbo de pudor ante el desempeño errático de muchos protagonistas armados con tarjetas, cronómetros y ocarina.

Los aficionados esperarían, por decir lo menos, la evaluación ya señalada: técnica, numérica, estadística, transparente y orientada a reconocer errores y plantear una nueva cultura para el futuro. También sería necesario canalizar fondos —que urgen— para formar nuevos árbitros y capacitar intensamente a quienes están en activo. Se debe crear un semillero arbitral en los cinco continentes, con el objetivo de elevar el nivel en todas las federaciones y en los torneos internacionales, sometidos cada vez más al escrutinio de los aficionados, y preparar a la nueva generación que dirigirá el Mundial de 2030.

Esa generación debe estar imbuida no solo de valores éticos, sino también del conocimiento de las nuevas tecnologías, útiles para evitar errores graves. Sobre todo, debe comprender el valor de una profesión basada en un hecho incontrovertible: el árbitro sigue siendo la máxima autoridad en la cancha. Sí, de ese tamaño es su responsabilidad y de ese tamaño deben ser su preparación y su integridad personal. Lejos estuvieron de estos criterios en la pasada Copa del Mundo. Ahí están los números, los hechos y las estadísticas. Los partidos se deben resolver en la cancha, no en decisiones erráticas de árbitros con escaso criterio y pobre preparación. El árbitro está para impartir justicia, no para alterar el destino del juego.

Nada de esto se observa en la postura de la FIFA a poco más de dos semanas de concluido su máximo evento.
Parece que, para la FIFA, el fútbol, el arbitraje, la tecnología, la rendición de cuentas y la gobernanza son apenas subproductos. Sus prioridades son el negocio, las ganancias y el mantenimiento de círculos cerrados al escrutinio público.

La gobernanza y la democracia interna son prácticas que un mundo globalizado, comunicado e informado exige al organismo. Sin embargo, su cultura parece reproducir conductas medievales en pleno siglo XXI. Los hechos parecen confirmarlo.

Sobre el desempeño de jugadores, entrenadores, preparadores físicos y cuerpos médicos, solo se observa silencio y ausencia. Respecto del impacto de los periodos de rehidratación, también hay silencio y ausencia.

Pero aceptémoslo: esto no es nuevo. El negocio como deidad de la FIFA arrastra ya varias décadas. Desde la presidencia de João Havelange, de 1974 a 1998, la cultura caciquil se arraigó en las entrañas del organismo, la corrupción se institucionalizó y, para su cúpula, el fútbol dejó de ser un deporte y se convirtió en un negocio lucrativo. Este cambio se profundizó durante la gestión de Blatter, de 1998 a 2015, quien, ante su debilidad política y sus omisiones institucionales, terminó con la corrupción estallándole en las manos. Embriagado por el poder y el flujo aparentemente infinito de recursos, fue incapaz de establecer límites y controles, así como de construir una estructura sólida que asegurara el control de los procesos internos. El FIFA Gate de 2015 fue la consecuencia de ese periodo

5
oscuro de manejo institucional. Como testimonio histórico quedan los hechos de corrupción juzgados y sentenciados.
Si Havelange institucionalizó un modelo y Blatter fue incapaz de contener sus excesos, Infantino parece decidido a perfeccionarlo desde la lógica del negocio global y llevarlo al siguiente nivel.

Durante años se ha presentado a Gianni como un tiburón blanco de los negocios. Sin embargo, quizá esa metáfora le concede demasiado crédito. El verdadero depredador del océano no solo posee fuerza: sobrevive porque enfrenta un ecosistema complejo, donde existen competencia, límites y otros depredadores.
La verdadera prueba del poder aparece cuando se abandona la protección del entorno conocido y se enfrenta la intemperie: ese lugar donde el talento, la estrategia y los resultados deben sostenerse sin privilegios.

Todo poder parece absoluto mientras permanece protegido por su propio ecosistema. Pero tarde o temprano llega la hora de la verdad: ese lugar donde los títulos pierden valor, las alianzas se ponen a prueba y cada quien queda frente a la dimensión real de sus capacidades.

Gianni ha llevado el modelo comercial a un nivel superior, a estratos inimaginables. Las ganancias se multiplicaron con el incremento de torneos y la ampliación de los calendarios. El aumento de equipos en la Champions, la creación del Mundial de Clubes y la expansión a 48 selecciones en la Copa del Mundo, y los torneos juveniles y femeniles, dispararon los ingresos por derechos de transmisión, patrocinios de empresas globales y un mayor número de partidos al año en todo el mundo.
La simple decisión de otorgar dos minutos para la rehidratación de los jugadores durante los juegos del Mundial y aprovechar esas pausas para vender publicidad y derechos de transmisión a mayor costo, refleja la voracidad de los organizadores.

Más grave aún es el incremento del precio de las entradas, francamente obsceno para el aficionado promedio. El desprecio hacia el fanático de hueso colorado resulta grotesco y evidencia un elitismo rampante. El negocio aplasta al aficionado, inerme ante el poder económico.

Pero «a todo santo le llega su onomástico». A Gianni, embriagado por las ganancias del Mundial, la resaca le llegó apenas tres días después. La propuesta de modificar el esquema de gestión del modelo de negocios de la FIFA careció de respaldo en el escenario internacional. El 31 de julio de 2026, ante la presión y la falta de consenso, Gianni Infantino retiró FIFA Forward Enterprise, el proyecto que pretendía abrir aproximadamente el 20 % de una nueva entidad comercial de la FIFA a la inversión privada. La iniciativa quedó cancelada definitivamente.

La propuesta comenzó a mostrar grietas que se ampliaron como las de una presa a punto de reventar. Carlos Cordeiro, principal asesor financiero de Gianni Infantino renunció al considerar que abrir parcialmente al capital privado los activos comerciales del Mundial representaba un mal negocio para el fútbol y una amenaza para la esencia del deporte. No solo dimitió, sino que publicó un manifiesto durísimo contra la iniciativa, alineado con la 6
postura de la UEFA.

Su salida debilitó el posicionamiento político y el poder de decisión del presidente.
La metáfora que da título al ensayo tiene fundamentos que rebasan la visión simple de un partido de fútbol.
El negocio como deidad reúne todo un bagaje de símbolos propios de una puesta en escena surrealista. También dispone de representantes que ejemplifican y desnudan la obra.
Estos son los escenarios:

La piedra de los sacrificios es el estadio entendido como templo popular: la piedra, el césped, las gradas y la multitud. Ahí se representa el ritual colectivo. Ahí ocurre el sacrificio emocional del aficionado: tiempo, dinero, esperanza e identidad. El estadio no es solamente una construcción; es un lugar cargado de memoria, de gritos ahogados y de fanáticos embriagados de pasión y cerveza.

El centro del poder es Zúrich, sede administrativa que funciona no como un templo religioso literal, sino como símbolo del lugar donde se toman decisiones que afectan al planeta futbolístico. Ahí se manifiesta la distancia entre quienes viven el juego y quienes lo gobiernan, mientras nadan en ganancias enormes que llegan a confundir sus sentidos y a cegar la razón.

El séquito de la presidencia de la FIFA representa la corte del poder. Como toda corte, genera círculos de influencia, lealtades y privilegios que aíslan a quienes gobiernan de quienes viven el juego. La humanidad ha evolucionado en tecnología y conocimiento, pero no siempre en ética. Ahí se desnuda la condición humana.
La esencia no consiste en una simple crítica de las conductas humanas. Es algo más profundo: la exposición de sus contradicciones.
Es evidente que se aproxima una guerra interna durísima. Aleksander Čeferin creció como la espuma gracias a su postura radical y, sobre todo, a sus francas advertencias sobre las señales de corrupción de la FIFA y la concentración cada vez más desmedida del poder. La renuncia del principal asesor de Infantino lo puso en evidencia y cerró el cerco en torno a su figura.

Como en un funeral, hay que dejar que el cadáver se enfríe. Y, como dice el refrán, «nadie se come las carnitas hasta que se muere el marrano».
Gianni se precipitó y quiso cobrar la herencia antes de enterrar al difunto. El Mundial todavía humea en el horizonte de los tres países y Gianni se equivocó respecto de lo que debía hacerse con las ganancias. Como dice el refrán: «Hay que ser marrano, pero no trompudo».
Tendrá que posponer sus afanes, dejar de contemplar el negocio como una deidad y dirigir la mirada hacia otros objetivos. La ambición convertida en deidad es algo muy poderoso: implica una relación humana con aquello que se considera superior, marcada por la veneración, el culto, la obediencia, el sacrificio y la entrega. Por eso posee una carga mucho más profunda.

7
El poder revela quiénes somos en realidad. A veces muestra a las personas desnudas ante su propia naturaleza, cargadas de atavismos, virtudes distorsionadas y egos inmensos que se revuelcan en el fango de sus complejos, ambiciones y mitos personales.

El fútbol nació como una expresión popular y terminó administrado por una estructura global en la que la distancia entre los creadores del juego y quienes lo administran se volvió cada vez más profunda.

Y queda la pregunta del aficionado:
¿Qué sucede cuando quienes administran un símbolo colectivo terminan olvidando que el símbolo pertenece a quienes lo sostienen?
Para los aventureros, imaginemos una utopía.

Imaginemos, ingenuamente, que, en lugar de pretender abrir el fútbol a la inversión privada, la FIFA presenta públicamente un informe sobre los resultados financieros y deportivos del Mundial. Excelente.

bre el arbitraje, el VAR y las consecuencias negativas de los pésimos desempeños arbitrales. Y que anuncia un programa de capacitación y formación, con escuelas para árbitros en los cinco continentes, a fin de crear un semillero que dirija el Mundial de 2030.

Imaginemos que presenta al Consejo una propuesta para integrar un órgano colegiado que democratice la FIFA, fortalezca la gobernanza y la rendición de cuentas, y consolide una institución con visión de largo plazo capaz de replicar buenas prácticas financieras.
Imaginemos que el fútbol vuelve a impulsarse como deporte y no como negocio. El aficionado no solo lo aplaudiría: lo merece. Eso significaría asumir plenamente los valores del siglo XXI, el siglo del conocimiento, la tecnología y los derechos humanos.

Pero no: por ahora, esa posibilidad sigue siendo una utopía.

La prioridad propuesta es abrir la FIFA al capital privado: hoy, mediante una participación minoritaria; mañana, quizá, mediante una influencia capaz de condicionar el control y la distribución de las ganancias.

La ambición es legítima y puede impulsar el progreso y el avance humano. Sin embargo, debe sujetarse a límites definidos por la ley, la democracia y la ética. Cuando una institución pierde de vista el propósito que justifica su existencia, la ambición deja de ser una fuerza creadora y se transforma en una amenaza.

No es prudente lanzarse sobre una carroña que todavía respira: antes de repartirse los beneficios, era necesario evaluar el legado deportivo, institucional y ético del Mundial.
La propuesta de ceder parte de los derechos comerciales de la FIFA encontró una oposición inesperada. La marcha atrás no solo significó el fracaso de una iniciativa financiera; también
8
demostró que la presidencia ya no podía imponer por sí sola el rumbo del fútbol mundial y que otros actores comenzaban a disputar ese poder.
Gianni tiene el apetito de un tiburón blanco: domina su territorio, se mantiene en movimiento constante y manifiesta una necesidad insaciable de alimentarse. Sin embargo, incluso un depredador puede perder ventaja cuando la impaciencia lo lleva a actuar antes de tiempo.

La FIFA está inmersa en un sistema global y ha convertido el negocio en su deidad. Bajo ese modelo, mantiene capturado al fútbol moderno y lo transforma en una nueva religión secular: la fe colectiva en el juego es desplazada por el culto al mercado, al crecimiento permanente y al poder institucional.

Las instituciones no se corrompen por generar riqueza, sino cuando la riqueza deja de ser un medio y se convierte en el fin. La historia seguirá escribiéndose y cada generación interpretará estos acontecimientos desde su tiempo; aun así, el juicio histórico suele ser implacable con quienes confunden el propósito de una institución con sus beneficios.
Los jerarcas del organismo están a punto de aprender una lección.

Los acontecimientos recientes dentro de la FIFA, en este 2026 y después del Mundial más exitoso de la historia en términos económicos, desnudan una realidad: el poder siempre encuentra un límite que trasciende a quien lo ejerce. Ese límite aparece cuando la ambición choca con la oposición, las instituciones y los hechos. Ese límite se llama realidad.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

REDES SOCIALES

106,738FansMe gusta
109SeguidoresSeguir

Últimas Notas