En el seguimiento a los estudios sobre la calidad del agua subterránea en la entidad, nuevos datos permiten dimensionar con mayor precisión el alcance de la problemática: al menos 13% de los pozos analizados presentan alteraciones adicionales en su composición por infiltración de contaminantes desde la superficie, sobre un universo cercano a 270 puntos evaluados.
La cifra, dada a conocer por el especialista Antonio Cardona Benavides, integrante del Grupo Universitario del Agua, evidencia que, aunque una parte del recurso mantiene condiciones relativamente estables, existe un segmento significativo donde la calidad del agua se ha visto comprometida más allá de su composición natural.
“Más o menos en el 13% de los pozos que visitamos, que fueron del orden de 270, se identificaron esas condiciones”, explicó el académico, al referirse a la presencia de contaminantes asociados a गतिविधades superficiales.
Este hallazgo se suma a una situación ya conocida en la región: la presencia natural de elementos como flúor y arsénico en el agua subterránea, derivados de la interacción con formaciones geológicas. Sin embargo, el nuevo análisis permite diferenciar entre los procesos naturales y aquellos agravados por factores externos.
En términos generales, el especialista señaló que la mayoría del agua extraída de pozos profundos —principal fuente de abastecimiento para la población— contiene concentraciones de estos elementos, lo que complica garantizar su potabilidad directa.
“Si bien una parte del agua subterránea profunda es de relativa buena calidad, la gran mayoría del agua que se extrae incluye concentraciones naturales de flúor y arsénico que se movilizan a partir de las rocas hacia el agua”, puntualizó.
El estudio también confirma que, en muchos casos, estas concentraciones rebasan los límites establecidos por la normativa sanitaria vigente, lo que representa un riesgo acumulativo para la salud.
“Para otros parámetros físico-químicos, de otros metales, las concentraciones son menores al límite permisible; básicamente los elementos potencialmente tóxicos que hemos identificado que pasan esos límites son arsénico y fluoruro”, detalló.
Frente a este panorama, Cardona Benavides insistió en que la solución no pasa por sustituir completamente las fuentes actuales de abastecimiento —debido a su importancia en volumen—, sino por implementar medidas prácticas para reducir la exposición de la población.
“El pensar en evitar de manera importante esa agua subterránea con contenidos altos de arsénico y flúor es bastante complicado”, reconoció.
En ese sentido, reiteró que la estrategia más viable es enfocar el uso de agua segura únicamente para consumo directo y preparación de alimentos, mientras que el resto de las actividades pueden seguir utilizando el suministro convencional.
El especialista también subrayó que uno de los principales retos es lograr que la información técnica se traduzca en decisiones públicas y acciones concretas para la población.
“Lo más importante de nuestra participación como grupo del agua está en obtener información que puede ser utilizada por los tomadores de decisiones”, afirmó.
Finalmente, advirtió que, aunque los efectos en la salud no son inmediatos, la exposición prolongada sigue siendo un factor de riesgo que no debe minimizarse, especialmente en contextos donde el consumo de agua de la red es continuo.


