Por Francisco Posadas
Mayo 31 de 2026
Faltan pocos días para que inicie la Copa del Mundo de fútbol de 2026, que por primera vez se realizará en tres países sede simultáneamente: Estados Unidos, Canadá y México.
Antes de intoxicarnos de fútbol con una primera fase saturada por 48 selecciones —expansión impulsada por la FIFA—, es momento propicio para analizar algunas cuestiones antes de la gula futbolística que dominará al planeta durante poco más de un mes.
Nuestro país será el primer anfitrión en tres ocasiones. Nunca hemos ganado un Mundial, pero para organizar fiestas globales México siempre está listo. La magia, el color y la fiesta mexicana son el escenario ideal para estos magnos eventos. Volveremos a perder, probablemente, pero la fiesta y lo bailado nadie nos lo quita.
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Sin embargo, detrás del entusiasmo aparecen las contradicciones. No tenemos un sistema aeroportuario plenamente funcional, la Ciudad de México vive entre la anarquía autorregulada y el colapso vial, y la movilidad cotidiana parece un milagro.
Aun así, cuando hay fútbol, todo se olvida momentáneamente, incluso la incapacidad de buena parte de la clase política para modernizar los puntos críticos del país durante años.
El Mundial sirve también como una enorme cortina emocional que suspende temporalmente la discusión sobre los problemas reales.
Ya lo decía aquella pancarta que apareció en el Estadio Azteca al terminar la final del Mundial de 1970: “México, campeón mundial de la amistad”. La frase resumía perfectamente el papel histórico de nuestro país en el fútbol: extraordinario anfitrión, pero incapaz de trascender deportivamente.
Como dice el viejo refrán: “A falta de pan, tortillas”. La resignación terminó convirtiéndose en una de las grandes virtudes del aficionado mexicano. La selección nacional es sinónimo de ilusión, decepción y tragedia deportiva repetida cada cuatro años. El famoso “quinto partido” se convirtió en una frontera psicológica que define generaciones enteras de aficionados.
La Copa del Mundo de 2026 será la edición número 23 del torneo y marcará la antesala del centenario mundialista en 2030. Cada cuatro años, religiosamente, el Mundial paraliza al planeta y despliega todos los rituales propios de la FIFA, una organización que posee 211 asociaciones afiliadas, más que la Organización de las Naciones Unidas. Ningún organismo global tiene una capacidad semejante de convocatoria, influencia y penetración cultural.
Lo paradójico es que la FIFA continúa registrada jurídicamente como una asociación “sin fines de lucro”. Y, sin embargo, controla uno de los negocios más rentables del planeta. Los ingresos derivados de un Mundial alcanzan decenas de miles de millones de dólares mediante derechos televisivos, patrocinios, publicidad, turismo, apuestas, licencias y venta de entradas.
La FIFA prácticamente no construye estadios ni desarrolla infraestructura urbana. Su verdadero negocio consiste en administrar emociones globales.
Impone condiciones, establece estándares, asigna contratos, controla derechos comerciales y distribuye privilegios desde su sede en Zúrich, Suiza, donde goza de ventajas fiscales y amplios márgenes de autonomía jurídica.
La organización perfeccionó un modelo extraordinario de poder global: privatiza las ganancias y socializa los costos.
Los países sede construyen infraestructura, despliegan seguridad, reorganizan ciudades enteras y, además, conceden exenciones fiscales para satisfacer las exigencias del organismo.
La FIFA, mientras tanto, administra contratos, derechos televisivos y mercadotecnia global desde la comodidad financiera de Europa.
Jurídicamente es una asociación deportiva; en la práctica, funciona como una de las estructuras económicas y políticas más eficientes del mundo contemporáneo.
México, fiel a su tradición de subordinación ante organismos internacionales y grandes corporaciones, concedió facilidades amplísimas.
Mientras tanto, el aficionado deberá enfrentar boletos obscenamente caros, hospedajes inflados y un consumo dirigido por campañas permanentes de mercadotecnia. Todo se justifica bajo la promesa de derrama económica, prestigio internacional y fiesta colectiva.
Para mantener alineadas a las federaciones nacionales, la FIFA distribuye premios económicos por participación y rendimiento deportivo.
Cada selección recibe ingresos por partido disputado y cantidades mayores conforme avanza en el torneo. Así fortalece su estructura de poder y garantiza la lealtad política de las federaciones afiliadas.
La FIFA no es exactamente una empresa ni un gobierno, tampoco una organización no gubernamental tradicional.
Es algo híbrido: un poder privado global con privilegios extraordinarios y escasa supervisión pública. Y ahí conecta la gran contradicción del fútbol moderno: la pasión auténtica de millones de personas administrada por estructuras que operan con lógica empresarial y política.
Porque el fútbol mueve emociones reales.
Ahí reside el verdadero misterio.
Pocos acontecimientos en el planeta generan audiencias comparables a las de un Mundial. El fútbol crea mitos, héroes, villanos y narrativas capaces de atravesar generaciones enteras. Futbolistas como Pelé, Di Stefano, Maradona, Cristiano Ronaldo y Lionel Messi poseen niveles de reconocimiento global superiores a los de muchos líderes políticos o científicos.
Detrás del Mundial existe además una maquinaria gigantesca de torneos continentales e internacionales: la UEFA European Championship, la Copa América, la FIFA Club World Cup, los torneos juveniles y las competiciones femeniles que amplían permanentemente el alcance económico y cultural del fútbol global.
El crecimiento del fútbol femenil también forma parte de las nuevas dinámicas deportivas y sociales. Durante décadas, las mujeres fueron marginadas de este espacio; hoy participan en torneos internacionales con creciente relevancia mediática y deportiva.
El fútbol evoluciona junto con los cambios culturales de las sociedades contemporáneas.
Sin embargo, ninguna explicación económica basta para entender completamente el fenómeno futbolístico. El negocio no crea la pasión: la captura.
El fútbol funciona simultáneamente como identidad, pertenencia, ritual colectivo y válvula de escape emocional. El aficionado no solo sigue a un equipo: se reconoce a sí mismo en esos colores, en esos símbolos y en esa historia compartida.
El ser humano necesita tribu.
Antes fueron los clanes, las religiones o las guerras nacionales; hoy, para millones de personas, esa necesidad también se expresa a través de un club o una selección. Decir “soy del Real Madrid”, “soy del Barça” o “soy de México” no es solamente información deportiva: es identidad emocional.
Durante noventa minutos desaparecen parcialmente las jerarquías cotidianas. El fútbol permite gritar, llorar, abrazar desconocidos, odiar deportivamente al rival y compartir emociones con miles de personas al mismo tiempo.
Los himnos, los cánticos, los colores y los estadios construyen una liturgia contemporánea extraordinariamente poderosa.
Además, el fútbol conserva algo que el mundo moderno ha perdido gradualmente: incertidumbre auténtica.
A diferencia de muchos espectáculos completamente controlados por algoritmos, guiones o narrativas prefabricadas, en el fútbol todavía existe la posibilidad real de lo inesperado.
Un gol cambia una historia. Un error modifica un torneo. Un desconocido puede convertirse en héroe nacional en cuestión de segundos.
Mientras exista esa posibilidad, la ilusión permanecerá viva.
Por eso la industria protege obsesivamente la percepción de competencia auténtica. Puede haber corrupción en las estructuras, intereses económicos gigantescos, manipulación mediática o negocios turbios alrededor del deporte, pero el juego necesita conservar suficiente verdad para seguir seduciendo emocionalmente a millones de personas.
La gente sabe que alrededor del fútbol existen corrupción, apuestas, intereses políticos y manipulación mediática. Lo sabe y, aun así, sigue mirando.
Existe una especie de pacto emocional implícito: “Sé que hay cosas sucias, pero cuando rueda el balón, quiero creer”.
Ahí aparece aquella frase inmortal de Diego Maradona: “la pelota no se mancha”.
La sentencia no absolvía a los dirigentes ni a las mafias del fútbol; defendía algo más profundo: la necesidad humana de conservar intacta la emoción del juego, incluso cuando todo alrededor parece corrompido.
El fútbol ofrece además algo extremadamente escaso en las sociedades contemporáneas: catarsis colectiva.
La vida cotidiana suele estar marcada por frustración, desgaste emocional, precariedad y ansiedad permanente. El estadio permite liberar tensiones de manera socialmente aceptada.
Durante unas horas, el aficionado olvida problemas personales, crisis económicas o tensiones sociales.
El fútbol convierte emociones privadas en experiencias compartidas.
Por eso los aficionados recuerdan partidos como recuerdan funerales, bodas o nacimientos.
Cada generación conserva goles, derrotas y victorias que funcionan como referencias emocionales comunes. El equipo termina convirtiéndose en una especie de literatura colectiva en tiempo real.
El Mundial representa la máxima expresión de esa liturgia contemporánea. Durante un mes entero, el planeta reorganiza horarios, conversaciones y emociones alrededor de un balón.
Los países proyectan orgullo nacional; los aficionados convierten cada partido en una batalla simbólica donde se juegan identidad, pertenencia y reconocimiento.
Tal vez por eso, pese a los escándalos, los abusos económicos, la corrupción y la mercantilización excesiva del deporte, la pasión no desaparece.
Porque cuando rueda la pelota, millones todavía quieren creer que algo auténtico puede ocurrir.
Y mientras esa ilusión sobreviva, el fútbol seguirá siendo uno de los fenómenos sociales más poderosos e inexplicables del mundo.


