Francisco Posadas
Junio 7 de 2026
“Y a muchos dijiste que solo fui un mito, a otros un cuento, y algunos, una fantasía. Más en tu corazón sabes que aún soy… una leyenda”.
Milton Xtex
En el verano de 1969 yo tenía siete años y en mi casa ocurrió un pequeño prodigio doméstico: mi madre compró, fiada por supuesto, una televisión Philips en blanco y negro. Hoy sería una reliquia de museo, un aparato arcaico de pantalla abombada y tono verdoso, montado sobre un mueble de madera con gabinete giratorio, como si la modernidad hubiera decidido entrar a la sala con pasos tímidos, pero solemnes. Tenía pocos botones, todos duros, todos mecánicos, y uno de ellos —el del cambio de canal— sonaba como matraca al girarlo. Ese ruido seco también era parte del encanto. Aún la conservamos como reliquia familiar.
Pero lo importante no era el aparato, sino lo que traía consigo. Aquella televisión no solo llevó imágenes a la sala: me abrió la puerta a una pasión que me acompañaría durante media vida. No fue la tecnología lo que me deslumbró. Fue el fútbol. En mi memoria, esa caja luminosa quedó unida para siempre al Mundial de 1970, como si desde el principio hubiera sido comprada para eso: para ver entrar al mundo por una pantalla y dejarlo instalado en la imaginación de un niño.
México sería sede del Mundial por primera vez y aquello, aun sin entenderse del todo, se sentía como un acontecimiento gigantesco. Para los adultos significaba prestigio, modernidad, escaparate internacional. Para nosotros, los niños del barrio, significaba otra cosa: que durante unas semanas el fútbol dejaría de ser solo un juego callejero para convertirse en el centro del mundo. La sola idea bastaba para alterar conversaciones, horarios, entusiasmos y hasta la manera de mirar los días.
En aquellos años la calle también educaba. Salíamos de la escuela y, sin transición alguna, la tarde se convertía en cancha. Las calles terregosas servían de estadio; dos piedras marcaban la portería; el balón, casi siempre maltratado, era suficiente para convocar el fervor. Si aparecía algún automóvil —todavía escasos en muchas ciudades pequeñas de vida semirrural— el partido se detenía apenas unos segundos. Pasaba el coche y la pelota volvía a rodar. No había pasto, ni uniformes, ni árbitro, ni orden. Pero había deseo. Y eso bastaba.
A esa edad uno todavía no conoce palabras como épica, liturgia o memoria, pero ya las vive sin saberlo. El fútbol era eso: una ceremonia improvisada, diaria, feroz y alegre. Jugábamos hasta que caía la noche, hasta que las madres empezaban a llamar a gritos desde las puertas o desde las ventanas, y aun entonces quedaba en el aire la sensación de que el partido no había terminado, apenas se había suspendido hasta el día siguiente.
También había una manera especial de esperar los partidos. No era la ansiedad dispersa de hoy, triturada por avances, notificaciones y repeticiones infinitas. Era una espera más entera, más artesanal, casi ritual. Se hablaba del encuentro desde temprano, se ajustaban horarios, se adivinaban alineaciones, se repetían los nombres de los jugadores como si fueran parte de una letanía doméstica. El Mundial no ocupaba solo la pantalla: ocupaba la conversación, el ánimo y hasta el modo en que transcurría el día.
Cuando se supo que el Mundial se jugaría en México, se desató una fiebre. Empezaron a circular fotos de jugadores, comentarios, pronósticos, alineaciones, discusiones sin fundamento y esperanzas desmedidas. Los porteros, con sus uniformes vistosos, parecían héroes de otra especie; los delanteros, estampas de una religión nueva; la selección nacional, un asunto de fe. El país entero parecía alistarse para una fiesta que no entendía del todo, pero que presentía inolvidable.
En mi mundo de entonces, la selección mexicana estaba hecha casi de pura ilusión y de varios jugadores de las Chivas, equipo que en aquellos años llevaba un aura casi religiosa. No era una exageración llamar a ese club “el rebaño sagrado”: en un país devoto como el nuestro, el fútbol encontró pronto su propio catecismo, sus mártires, sus milagros y sus promesas incumplidas.
Uno aprendía a querer esos colores antes incluso de entender sus límites.
Por eso dolió tanto lo de Alberto Onofre. Para un niño, aquellas tragedias deportivas se vivían con una intensidad desnuda, sin filtros. Onofre era una de las grandes esperanzas de México y verlo quedarse fuera del Mundial por una fractura en un entrenamiento tenía algo de injusticia bíblica. El relato del choque, el crujido seco, la tibia y el peroné rotos, la carrera trastocada, todo eso se quedó flotando en el ambiente como un mal presagio. Antes incluso de que empezara el torneo, ya sabíamos que el fútbol también sabía herir.
Lo curioso es que, a esa edad, uno no separa del todo la realidad de la imaginación. Los partidos que ve en televisión se mezclan con los que juega en la calle; las figuras internacionales se vuelven nombres de barrio; los remates imposibles se intentan al día siguiente entre polvo, piedras y rodillas raspadas. El Mundial no solo se veía: se continuaba afuera, entre vecinos, en patios, banquetas y terrenos baldíos. La pantalla terminaba en la calle, y la calle devolvía su propia versión de lo que acabábamos de mirar.
Más de una vez salíamos a jugar apenas terminaba la transmisión, queriendo repetir una jugada que apenas habíamos entendido. Uno quería rematar como los delanteros, volar como los porteros, conducir el balón con esa seguridad que solo tienen los jugadores verdaderos y los niños cuando todavía creen que todo es posible. La calle hacía su traducción salvaje de lo que aparecía en la televisión. Ahí, entre el polvo y la imaginación, también se construía el Mundial.
Hoy, cuando se habla de audiencias globales, patrocinios, plataformas y mercados, cuesta trabajo recordar que hubo un tiempo en que ver un Mundial seguía siendo una experiencia casi doméstica, íntima, artesanal. No había sobrecarga de imágenes ni repeticiones infinitas. Había espera. Había asombro. Había un televisor reunido con la familia alrededor y un niño mirando como si en esa pantalla estuvieran pasando algo más que partidos: una forma de belleza.
Con el tiempo uno aprende los datos, revisa las fechas, corrige nombres y ordena recuerdos. Pero hay una verdad que no necesita verificación: aquel Mundial entró a mi vida como una revelación. No recuerdo primero las tablas de posiciones ni las sedes ni los antecedentes. Recuerdo la sala de la casa, la pantalla verdosa, el zumbido del aparato, el sonido de la matraca al cambiar de canal y esa sensación irrepetible de que el mundo —o al menos la parte del mundo que a mí me importaba— cabía entero en una caja de madera.
Mucho después llegarían Brasil, Pelé, los partidos inmortales, las jugadas repetidas hasta el cansancio y toda la leyenda de México 70. Pero antes de todo eso estuvo el origen: un niño, un barrio, una televisión en blanco y negro y la intuición de que el fútbol no era solo un deporte, sino una forma del asombro. Quizá por eso ese Mundial sigue vivo en mi memoria. No únicamente porque haya sido extraordinario, sino porque fue entonces cuando el fútbol entró en mi vida para quedarse.
Había además una alegría colectiva que hoy resulta difícil de explicar a quienes crecieron con pantallas individuales. Entonces ver un partido era también compartirlo. La sala se volvía tribuna; la calle, comentario; la tienda de la esquina, mesa de debate. Cada quien tenía un pronóstico, una manía, una superstición heredada o improvisada. El fútbol no se consumía a solas: se respiraba en comunidad. Y esa comunidad, aunque fuera pobre, desordenada o ruidosa, tenía la dignidad de quien encuentra en el juego una manera de celebrar la vida.
Tal vez por eso, cuando vuelvo a México 70, no regreso primero al estadio Azteca ni a las alineaciones ni a los resultados. Regreso al barrio. Regreso al polvo de la calle, al balón pateado hasta el anochecer, a la voz de mi madre llamando a casa, al aparato Philips brillando en la penumbra y a esa edad en la que todo parecía enorme. Lo que quedó de aquel tiempo no fue solo un campeonato memorable: fue la fundación íntima de una pasión.
A fin de cuentas, eso fue para mí el Mundial de 1970 antes de convertirse en historia: una puerta. La puerta por la que entraron el vértigo, la admiración, la conversación interminable, la tristeza de las derrotas, la ilusión de las victorias y esa fidelidad sin contrato que solo despiertan las pasiones verdaderas. El fútbol vino después a llenarse de negocio, propaganda, intereses y artificios, pero en aquel comienzo todavía era capaz de parecer un milagro. Y a veces, cuando la memoria hace bien su trabajo, vuelve a serlo.
“Ahora que los años empiezan a dejarse ver de frente, volver a sentir al niño que aún vive en mí me regocija. Me devuelve a los juegos con mi único hermano: él era portero y yo delantero. Nos pusimos nombres de jugadores, y todavía los conservamos, como si en esos apodos hubiera quedado intacta, a salvo, una parte de nuestra infancia. Recordar esas huellas me emociona porque ahí no solo vive el fútbol, sino también la certeza de que el mundo puede seguir siendo bello cuando se mira con ojos de niño, aunque la memoria lo devuelva en blanco y negro.”


