La atmósfera del Estadio AztecaTres Mundiales, una sola emoción.

El Estadio Azteca es el recinto deportivo más emblemático de nuestro país. Su historia se alimenta de las consagraciones míticas de dos de los futbolistas más sobresalientes del último medio siglo: Pelé y Maradona.

Asistir a un partido con el estadio lleno es una experiencia incomparable, y ahora su mito se acrecienta al convertirse en sede de una tercera Copa Mundial de fútbol, privilegio que ningún otro estadio en el mundo posee.

Reúne los atributos de aquellos grandes coliseos descritos por la historia, donde se gestaban batallas épicas de vida o muerte entre gladiadores.

Asistir a un mundial de futbol como aficionado ha cambiado en las últimas ediciones. Desde hace décadas, la FIFA ha buscado convertir al futbol en uno de los fenómenos sociales más lucrativos del planeta.

La pasión que despierta este deporte es inexplicable y, precisamente por eso, se ha vuelto un espectáculo dirigido cada vez más a públicos con alto poder económico o a países capaces de concentrar grandes masas de aficionados.

El fútbol no mejora por sí mismo la forma de vivir, pero funciona como una fuga extraordinaria para drenar pasiones y frustraciones del día a día, y para mitigar las calamidades cotidianas que carcomen la existencia de millones de aficionados.

La historia dice desde hace siglos que el “pan y circo” es efectivo para mantener cautiva y atrapada la pasión de las masas. El problema es que ese bálsamo para la población siempre está manipulado y secuestrado por quienes detentan el poder y entregan como producto pan duro y circo amañado.

Ahora agregan un mal todavía más grave, lo han hecho muy caro, inaccesible para el promedio de la capacidad adquisitiva de los hinchas y lo han enfocado a quienes tienen poder económico, necesidad de experiencias multitudinarias de clase mundial y se excluye al aficionado que semana a semana disfruta, sufre y se apasiona con el deporte de las patadas.

Porque el aficionado de hueso colorado habitualmente pertenece a la clase trabajadora y su necesidad tiene que ver más con la pasión futbolera, que con vivir una experiencia de clase mundial.

En México hemos vivido tres Copas del Mundo de Futbol, en tres épocas muy distintas y con un país completamente diferente. En 1970, tenía ocho años de edad, pero pude ver en vivo todos los partidos televisados en una tele en blanco y negro.

El mundial se vivió en un México en plena transición social y económica, con una sociedad que empezaba a despertar de un letargo por la carencia de derechos sociales y políticos y con una economía que despegaba después del llamado milagro mexicano, que permitió un crecimiento económico cercano al 7%.

El pueblo mexicano es experto en disfrutar la fiesta, el color, la magia, en compartir con el mundo su alegría, su cultura y sus tradiciones. Y como anfitrión siempre se ha distinguido.

En esa época había gran alegría por ser la primera vez, el fútbol era el deporte más popular impulsado por la televisión y asistir a la Copa del Mundo era una opción viable para la mayoría de los aficionados de las ciudades sede. Y fue un mundial extraordinario cuando se analiza lo desplegado en la cancha por los equipos, en particular los que llegaron a la segunda fase.

La consagración de Brasil, en el majestuoso Estadio Azteca construido para el magno evento, fue el broche de oro de aquel mundial excepcional y cerró con aquella famosa bandera que recorrió la cancha después de la coronación de Brasil: contenía una frase muy simple pero que resumía con gran resignación lo que era México como selección de fútbol y también como anfitrión de aquel evento: “MÉXICO CAMPEÓN MUNDIAL DE LA AMISTAD”.

La resignación, es una de las cualidades más acendradas de los mexicanos cuando se habla de éxitos en el plano global, simplemente porque tenemos claro que nuestro sistema político y social es incompatible con la capacidad de competir con las grandes potencias, no por falta de talento, está demostrado que el talento está repartido equitativamente en todo el mundo, sino por grandes problemas estructurales históricos que no han sido superados.

A la cabeza de todos, la pobre inversión en políticas públicas enfocadas al desarrollo humano y movilidad social. En educación, cultura y deporte.

Parecía que después de 1970, México no podría volver a ser sede de otro mundial, recuerdo que se comentaba entre los adultos de aquella época que tendríamos que esperar muchas décadas para volver a ser nuevamente anfitriones.

La televisión que iniciaba su enorme penetración social permitió a la gran mayoría del país disfrutar de aquel evento global. Pero el mundo presenta giros inesperados y solo dieciséis años después, en 1986, el mundial regresó a nuestro maravilloso país.

Para ese momento tenía 24 años, y como todos los jóvenes veíamos el mundial con una gran esperanza de ver a nuestra selección llegar a grandes alturas. Después de casi dos décadas de fracasos, se tenía por primera vez un jugador de clase mundial, Hugo Sánchez, jugadores con gran talento y la localía en el majestuoso Estadio Azteca eran alicientes para esperar grandes actuaciones.

El mundial se vivió con gran intensidad, la población se volcaba en las calles disfrutando los triunfos de la selección que tuvo su mejor actuación, pasando a la segunda ronda de octavos de final y venciendo a Bulgaria en el Estadio Azteca, pasa a cuartos de final, siendo derrotado en penales por la poderosa selección de Alemania, dirigida por una leyenda que se consagró en el mundial de 1970, en el partido del siglo, Franz Beckenbauer y que ahora como director técnico volvía al lugar, en propias palabras, donde guardaba los mejores recuerdos de una Copa del Mundo.

Esa selección de Alemania venciendo todas las adversidades, un estadio hostil, un clima inclemente de más de treinta grados Celsius y una selección mexicana combativa, salió victoriosa con algunas decisiones erráticas del árbitro, como suele suceder, en contra de nuestra golpeada selección nacional y nuevamente eliminada. Queda como recuerdo, el mejor lugar obtenido en toda la historia, un sexto lugar.

Alemania llegó a la final, que tuvo como sede el majestuoso Estadio Azteca y fue derrotada en un partido trepidante por la Argentina de Maradona, consagrando al otro gran futbolista de la historia, lo que acrecentó el mito del recinto sagrado del futbol mexicano.

Ahora en 2026, México vuelve a ser sede de un mundial de futbol, cuarenta años después y donde el país es otro, diferente, con enormes cambios en todos los ámbitos, los hemos vivido ahora en la sexta década de la vida, las cosas se ven de manera muy diferente.
Cuando inició la fiebre por el mundial de 2026, mis dos hijos plantearon la posibilidad de vivirlo en vivo.

Al principio aparecieron sentimientos encontrados. En los dos mundiales anteriores, la posibilidad de asistir había sido casi nula; ahora, en cambio, se abría una oportunidad real. El alto costo de los boletos fue el primer escollo.

El segundo fue la resistencia lógica a convalidar un evento que, en esencia, se había convertido en un negocio jugoso y obsceno para la FIFA, capaz de excluir al verdadero fanático y transformar el futbol en un espectáculo de clase mundial dirigido a la población de mayor poder económico. Pero había un incentivo imposible de evadir: vivir una experiencia con mis hijos en un escenario monumental, dentro de la atmósfera mágica del Estadio Azteca lleno a reventar y con la selección nacional en la cancha.

Esa oportunidad nunca había estado tan cerca.

Aprobamos la inversión y usamos los recursos de la vida moderna: tarjetas de crédito múltiples y meses sin intereses. Así como en 1970 la vieja televisión en blanco y negro se compró fiada para ver el mundial, ahora los boletos quedaban fiados en abonos a una tarjeta de crédito.

La decisión de Jacinto, mi hijo mayor, fue excepcional. Utilizando la IA concluyó que la mejor opción era acudir al juego de dieciseisavos de final, donde México podía estar, con alto grado de certeza: era un partido de eliminación directa y la selección sería local.

México enfrentaría a un rival inesperado y durísimo: nos tocó la selección de Ecuador.
La decisión no podía ser mejor. México, en el Estadio Azteca, en un partido de eliminación directa, rodeado de una atmósfera mágica y de un mosaico diverso de camisetas verdes, pasión y sensaciones inesperadas.

Por su parte, Isidoro, mi hijo menor, veía con preocupación el endeudamiento que implicaban los boletos; sin embargo, terminó aceptando que algunas inversiones no se justifican por su rendimiento económico, sino por los recuerdos que dejan. Los tres, asumimos el boleto como una herencia emocional. La vida es breve y el tiempo escaso.

Llegó el día y el acceso al estadio comenzó con toda anticipación, sorteando los obstáculos que el gobierno de la ciudad colocó convenientemente en cada calle y espacio aledaño al inmueble. Todo parecía estar en contra de los ciudadanos: filtros, policías, granaderos, caballos, de todo.

Los ríos de personas eran infinitos; la algarabía, los vendedores ambulantes y la oferta interminable de camisetas, souvenirs, maquillaje, monedas conmemorativas, banderas, mascotas, balones y productos llenos de color iban creando una atmósfera que embriagaba cada vez más. Y por ahí, entre la gente, apareció Manuel Negrete, jugador del mundial de 1986 y autor del gol más bonito en la historia de las Copas del Mundo. Nos acercamos, vino el saludo de manos de rigor, le recordamos el golazo, llegó la selfi obligada y la raza lo vitoreó. Increíble.

Finalmente llegó el ingreso al estadio: más enorme que nunca, majestuoso, iluminado. La cancha tenía un verde inmaculado que me hizo recordar mi primera entrada a un estadio, a los seis años, cuando ver seis mil metros cuadrados de pasto me pareció impresionante. Ahora la iluminación resaltaba ese color y lo hacía parecer aún más intenso.

En el centro del escenario esperaban a los contendientes; al fondo, unas porterías blanquísimas y unas redes listas para ser estremecidas por el balón.
El ambiente no podía ser mejor. Los aficionados cantaban, gritaban y disfrutaban del espectáculo; la ceremonia de inauguración, llena de color, estaba coronada por dos banderas gigantescas de las selecciones: México vs. Ecuador.

El momento del clímax emocional, el ingreso de las selecciones y el canto del himno nacional por 84,824 personas fue algo mágico, estremecedor de todo el recinto y con piel chinita.

Las fotos, destellos de los flashazos por todos lados. Las camisetas verdes como un mosaico infinito, la ola y los cánticos de las canciones: “Cielito lindo” y “El Rey”.

El partido inició con nuestra selección ordenada, con una intensidad desconocida, tocando el balón con precisión y generando llegada.

Ecuador desconcertado empezó con juego lento administrando energías, sabían de los estragos de la altura en el segundo tiempo. Esperaban controlar el partido, pero en una descolgada desde el medio campo, Quiñones, el goleador dio un zarpazo y con tiro de fuera del área abrió el marcador a los veintidós minutos.

La euforia era infinita. Los lazos tribales aparecieron entre la multitud y los abrazos y festejos explotaron. La intensidad se mantuvo, nueve minutos después, al borde del área, combinación de Quiñones para Jiménez, Raúl soltó un zapatazo a la horquilla izquierda del portero y 2-0.

Nosotros felices. Alegría desbordada cuando cayeron los dos goles de nuestra selección. México aguantó bien hasta el cierre del primer tiempo sin errores defensivos. En el segundo tiempo, Ecuador apretó las acciones, tuvo varias oportunidades claras, incluyendo un ingreso al área después de un túnel al Cachorro Montes que por fortuna el disparo salió desviado.

Durante el segundo tiempo siempre existió la posibilidad de recibir un gol y que el partido se apretara. Ecuador había eliminado a una poderosa Alemania, pero las acciones fueron bien controladas, la defensa jugó sin errores.

México desplegó un gran partido contra un rival peligroso que nunca dejó de ser una amenaza.

En mi interior la calma nunca llegó. Durante buena parte del segundo tiempo, sobre todo en los primeros veinte minutos, la adrenalina corría a toda velocidad por mi sangre. Había visto demasiado fútbol para confiarme con un 2-0.

Cada ataque ecuatoriano despertaba el viejo temor de que ocurriera lo de siempre. Permanecía en un extraño silencio interior, ese en el que la ansiedad desplaza cualquier palabra y solo queda esperar el silbatazo final. Cuando llegó, sentí un alivio tan intenso como la alegría de la victoria.

Nosotros felices, pletóricos de euforia cuando cayeron los dos goles de nuestra selección. Silbatazo final, victoria 2-0. Triunfo categórico y desplegando una de las mejores actuaciones futbolísticas de México en una Copa del Mundo.

Nada como la victoria sin trampas, sin polémicas arbitrales y sin controversias. México pasa a octavos de final.
Al salir pasamos por el palco de honor y saludamos a Gianni Infantino, a Hugo Sánchez, a Pepe Aguilar y varios artistas y celebridades que acudieron al partido, todos eufóricos por el triunfo de nuestra selección.

El retorno al hogar, cargados de emociones, nos vuelve a la realidad, más aglomeraciones, miles de policías sin función alguna, salvo intimidar a los aficionados, con sus escándalos y sirenas por todos lados.

Pero la gente los ignora, embebida en su algarabía, fiestas en la calle, restaurantes y hasta bailes en las estaciones del metro y del tren ligero, único medio de transporte disponible para llegar y salir del estadio.

Pasamos cerca del Ángel de la Independencia, las multitudes eran infinitas, las manifestaciones de euforia cobraron la vida de cinco personas, es lo que pasa cuando se mezclan festejo y desorden.

Llegamos a casa, cansados y reviviendo la experiencia de esa atmósfera, una noche mágica, húmeda, fresca, enmarcada por un estadio pletórico de aficionados, que vivían su tercera Copa del Mundo y que vio a su selección ganar su cuarto partido consecutivo sin recibir un solo gol. Una noche feliz para millones de aficionados acostumbrados y resignados a las derrotas honrosas, pero sistemáticas.

Sí, lo disfrutamos. Fue un efímero paseo onírico, ese «¿y si sí?» que siempre acompañó a los aficionados mexicanos antes de que la realidad nos despierte.

Pocos días después se acabó el encanto, Inglaterra con un equipo sólido y equilibrado, que se sobrepuso a la altura, al clima, al entorno hostil y la adversidad, como lo hizo Alemania en 1986, nos eliminó en un encuentro trepidante que como cada cuatro años nos deja en el famoso “ya merito” y en las puertas del quinto partido, siempre han tocado esa puerta, parece que algún día tendrán que tumbarla.

Por nuestra parte, fue un día mágico que vivimos en la atmósfera imponente del Estadio Azteca, rodeados de mexicanos eufóricos que vieron ganar a su selección en una Copa del Mundo, en un partido a matar o morir.

Acompañado de mis dos hijos, rebosando felicidad, es un día que guardaré y atesoraré en el arcón de mis recuerdos como algo sagrado.
Son las cosas que, más que un precio, tienen un valor. Por un momento como ese, sabemos que vale la pena vivir.

Aunque nuestra selección no obtiene grandes logros, el fútbol nos entregó algo que permanece más allá del resultado, una experiencia emocional compartida.
Asumimos que la verdadera felicidad está en esas vivencias, en esas expresiones y manifestaciones tribales que nos alimentan como seres humanos y nos hacen comprender que los coliseos romanos siguen vigentes: en otras culturas, en otros tiempos, en otros escenarios, en otras jurisdicciones, pero con los mismos instintos primarios que estallan colectivamente en espacios creados para exaltar las pasiones humanas. El fútbol no nos dio un campeonato, nos dio un recuerdo.

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