Epílogo del mundial de fútbol 2026: el momento de la verdad Francisco Posadas Julio de 2026

Francisco Posadas Julio de 2026

 

Antes de iniciar este recorrido por el Mundial de Fútbol de 2026, una advertencia al lector: todo gran viaje tiene momentos de silencio, caminos largos y paisajes que exigen paciencia.

La primera parte del torneo es un territorio árido para quienes buscan solamente la emoción inmediata de las grandes batallas. Cuarenta y ocho selecciones, múltiples partidos y una cantidad inmensa de información convierten el inicio del Mundial en un océano difícil de navegar.

Pero los bosques más profundos nunca se encuentran al borde del camino.

Después de atravesar esa primera etapa aparecen los escenarios donde el fútbol revela su verdadera naturaleza: la presión, el miedo, la grandeza, las decisiones, los errores y las emociones que convierten un partido en una historia humana.

Cuidado aventureros. No comiencen si no piensan terminar. El Mundial también fue un juego, aunque no siempre limpio. Ahora que el último dado ha dejado de rodar, es tiempo de mirar el tablero completo, no solo al campeón, sino también las reglas, los árbitros, la FIFA y las lecciones que deja esta aventura.

Quien llegue hasta el final encontrará un territorio distinto: un bosque fértil, intenso y embriagador, donde el fútbol deja de ser únicamente un resultado y se transforma en una reflexión sobre el carácter, la grandeza y la condición humana.

El once de junio de 2026, arrancó el vigesimotercer mundial de fútbol, por primera vez en tres sedes y con cuarenta y ocho selecciones nacionales. Concluyó el 19 de julio.

Canadá, México y Estados Unidos fueron sede del evento más importante del futbol que se realiza cada cuatro años y reúne a los futbolistas más importantes del planeta.

México fue anfitrión por tercer ocasión, y por enésima no logró pasar del quinto partido, como ya es tradición. Con un equipo modesto, sin grandes jugadores, con deficiencias técnicas evidentes y con un técnico reciclado por tercera ocasión, llegó a la instancia que es un estándar en el contexto global, noveno lugar, nada mal, considerando que fue la mejor selección en los primeros cuatro partidos de la competencia, ganando todos los encuentros y sin recibir anotación. Construyó una nueva esperanza: ¿y si sí? Pues otra vez NO.

Después de un excelente partido en dieciseisavos de final contra Ecuador, pocos días después recibió el golpe de realidad, al enfrentar a una selección top mundial, fue derrotado en tiempo regular, en una batalla épica en el Estadio Azteca, por una poderosa selección de Inglaterra por 3-2. En un encuentro que como siempre pudo ganarse, pero no se ganó y volvieron a quedar fuera en fase temprana de eliminación directa, como se comentó aquí en el primer artículo, era un pronóstico con alto grado de certeza. Ahora a reiniciar el camino como cada cuatro años, con las manos vacías.

El torneo estuvo matizado por varios acontecimientos insoslayables: las controversias arbitrales, con decisiones erráticas y polémicas que se evidenciaron en los múltiples videos disponibles, que hicieron estallar las redes sociales en múltiples ocasiones, acusando de todo a la FIFA, la realidad es que la pasión se desborda y el escrutinio social de millones de fanáticos, rebasa toda lógica y cualquier evento, por mínimo que sea, es magnificado por unas redes sociales que se han apoderado del mundo.

La FIFA, fiel a su poder y ausencia de contrapesos, negó cualquier irregularidad, no publicó información sensible y el espectáculo continuó sin contratiempos hasta semifinales, donde llegaron los cuatro favoritos Francia España; Argentina e Inglaterra.

El otro asunto álgido durante el evento fue el uso de nueva tecnología para la marcación de los goles, fuera de lugar y jugadas polémicas: penales, tarjetas y juego violento. Se evidenció una realidad, los árbitros como históricamente ha sucedido, no están a la altura, la tecnología los ha rebasado y sus errores son cada vez más evidentes. Tendrán que evolucionar y mejorar sus capacidades, condición física, calidad de apreciación y tener un lugar más sólido en materia de credibilidad cuando aplican el reglamento.  Se han vuelto dependientes del VAR y cómodamente han olvidado que son la máxima autoridad en la cancha y su poder de decisión, está acorde con su responsabilidad a la hora de revisar el saldo y la rendición de cuentas. Cuando llega el silbatazo final, empieza el juicio de los hinchas.

Y el asunto que tampoco puede omitirse por obvias razones, es el alto costo de las entradas del mundial, Gianni y su sequito han integrado un equipo élite con poderes extractivos en los países sede, su capacidad para recaudar recursos es de clase mundial. Los patrocinios, derechos de televisión y el control de todos los espacios, publicidad y manejo de la mercadotecnia, es absoluto.

Y por supuesto, todo parte de un principio: no venden ni compran pasión, la capturan.

Los boletos para ingresar a los estadios de los mejores partidos fueron subastados al mejor postor en pujas con montos obscenos que solo aficionados con poder adquisitivo lograron adquirir. Un espectáculo inmensamente lucrativo que mueve masas en todo el planeta y que despierta las pasiones más inexplicables en todos los ámbitos sociales.

En la parte comercial, debe enfatizarse que la primera fase de grupos fue una verdadera intoxicación y gula de futbol, con múltiples partidos todos los días, durante casi un mes. Y a todas horas, síntesis y discusiones con repeticiones masivas que invadieron los medios de comunicación, además de una publicidad que intoxica la mente. Encabezadas por las casas de apuestas, las cervezas y botanas como punta de lanza de la publicidad, además de las marcas deportivas, alimentos de todo tipo y el dominio de los grandes consorcios globales que acapararon los mejores tiempos, y los mayores costos.

En materia de futbol, la verdadera esencia de un mundial desde hace varias décadas durante el evento, siempre se ha considerado un subproducto, se anteponen el negocio, el lucro, la publicidad, los éxitos mediáticos y los escándalos que venden marcas. Incluso se crearon los espacios de hidratación, uno en cada tiempo, para vender publicidad y los derechos de transmisión con un incremento en el costo.

La primera fase, dejó pocos partidos de alto nivel, tal vez el de Croacia vs Inglaterra, es digno de mencionar, por ser uno de los de más alto nivel, incluyendo seis goles en el marcador. Inglaterra ganó a los croatas 4-2.  El resto de los partidos tenían como objetivo principal, incrementar el número de encuentros y por tanto las ganancias y como subproducto: eliminar a las selecciones más débiles, y definir las llaves para la segunda fase.

Aun así, hay que resaltar que acudieron al evento mundialista selecciones de los cinco continentes, algunas no solo desconocidas, también ajenas a la tradición centenaria de los mundiales, su presencia trajo gratas sorpresas, tal vez la más relevante fue la selección de Cabo Verde, una selección desconocida, bien entrenada, con jugadores con presencia física y preparación de élite que vendieron caros sus enfrentamientos con selecciones campeonas del mundo, eliminados por Argentina en un partido de poder a poder. Fue la revelación del mundial en especial su portero Fellipe Santos Resende Vozinha, que con cuarenta años se consagró con sus actuaciones en la portería y su historia personal fue un acontecimiento icónico de este mundial. También algunos países africanos elevaron su nivel de competencia y sus jugadores fueron una revelación en el juego de conjunto, estrategia y formaciones modernas, Egipto y Marruecos a la cabeza. Egipto estuvo a punto de eliminar a Argentina, y el juego fue tan cerrado que los últimos quince minutos pasarán a la historia como un final de los más dramáticos, espectaculares e impensables en la historia de los mundiales, incluyendo una voltereta y controversias en las decisiones de los árbitros y el VAR que marcarán este mundial, como uno de los más polémicos y contradictorios en materia de arbitraje y tecnología aplicada al futbol.

En los dieciseisavos de final hay que resaltar los enfrentamientos más interesantes que dejaron huella en el mundial: Argentina–Cabo Verde, marcaron un antes y un después de la participación de países africanos, que desplegaron una verdadera competencia de poder a poder. Pero no les alcanzó, Argentina es una de las selecciones más sólidas del torneo. Pero su actuación quedo ahí para el recuerdo.

Bélgica–Senegal, marcó el espectáculo que todos quieren ver en un mundial. Fue un partido de contrastes: Senegal jugó mejor durante gran parte del encuentro, tuvo velocidad, potencia física y valentía. Pero cometió el pecado clásico de muchos equipos africanos en Mundiales: no cerrar un partido que tenía ganado.

Bélgica fue superada durante mucho tiempo, dependió de su experiencia y talento individual, demostró una mentalidad competitiva enorme en los minutos finales.

La enseñanza mundialista es cruel: en una Copa del Mundo no basta con jugar mejor; hay que saber sobrevivir cuando el partido entra en territorio emocional. Senegal estuvo a cinco minutos de una de las grandes victorias de su historia. Bélgica estuvo a cinco minutos de una de las grandes decepciones de su historia reciente. De esos partidos que explican por qué el Mundial sigue siendo diferente: 85 minutos pueden construir una sorpresa y cinco minutos pueden destruirla

Alemania–Paraguay, el golpe mundialista del torneo. La selección guaraní fiel a su estilo presentó un encuentro duro, áspero y tozudo; que sometió a los alemanes que generaron muy pocos ataques y oportunidades y llevó el partido al alargue y en tanda de penales echaron a los poderosos alemanes, que igual que italianos y brasileños, otrora protagonistas de todos los mundiales hoy son selecciones de media tabla, con actuaciones desastrosas para el olvido.

Octavos de final es la instancia donde suele aparecer la verdadera esencia del Mundial. En grupos puedes corregir errores; en eliminación directa aparece el carácter. Los grandes equipos no siempre juegan mejor, pero encuentran una manera de sobrevivir.

Los partidos más interesantes y que desplegaron mejor futbol, dramatismo y competencia férrea fueron el de Argentina–Egipto, donde apareció el drama y supervivencia de los campeones vigentes. De ir perdiendo en el minuto 78 por 2-0, se sobrepusieron y derrotaron al equipo africano, un récord para un mundial en eliminación directa. Remontar de dos goles en contra y ganar la eliminatoria en tiempo regular.

Portugal–España, un partido donde predominó la calidad táctica, el manejo de balón y que solo se resolvió en una jugada de último minuto para España, que salió librado de la contienda directo a cuartos y echa del mundial por sexta ocasión a Cristiano Ronaldo.

El partido de Brasil–Noruega, fue tal vez la sorpresa histórica de este mundial, los noruegos nunca han perdido en mundiales en contra de Brasil, y esta vez no fue la excepción, en un partido para el olvido los brasileños desperdiciaron oportunidades múltiples, con un juego errático y con grandes deficiencias tácticas y técnicas. En los últimos diez minutos dos ataques de Haaland uno de cabeza y otro un disparo en los linderos del área sentenció el partido.

Su eliminación fue no solo inesperada, fue contundente, la selección carioca, no tuvo capacidad de respuesta e incluso fallaron un penal en el primer tiempo, cuando el partido estaba sin goles. Y Endrik su estrella juvenil falló un gol increíble en un mano a mano con el portero, dejando una imagen, tirado en el pasto, para la historia. Además de una actuación patética de Neymar que jugó unos minutos, y cobró un penal, con el partido ya decidido, previa pantomima y payasadas con el portero noruego, muy poco profesional.

Brasil vive una época oscura desde hace más de dos décadas. Se esperaba una mejor actuación con la llegada de Carleto Ancelotti, pero parece que su efecto será más a largo plazo, si es que así lo decide la Federación Brasileña, que renovó su contrato a largo plazo con un salario millonario, ya sabemos que Carleto se cotiza alto y sabe cobrar.

El anfitrión, México, jugó en su Estadio Azteca, repleto de aficionados mexicanos, con la altura, el clima y el público a su favor. Bastaron dos destellos de las estrellas de Inglaterra y dos pecados de la defensa mexicana, para que los ingleses tomaran la ventaja 2-0. Sin ceder terreno, México descontó antes del descanso, una melé en el área inglesa es resuelta por el goleador Quiñones, con un cañonazo a bocajarro para poner los cartones 2-1. El segundo tiempo, otra vez aparece la combinación fatídica de deficiencias defensivas y la contundencia de los delanteros ingleses. Edson ataca mal un despeje del portero inglés Pickford, el rebote llega a los linderos del área y deja mano a mano a Gordon delantero Ingles, con el portero Mexicano, quien sale tarde y precipitado, lo derriba y penalti. Lo cobra con un cañonazo el goleador Harry Kane, 3-1. Poco después, todavía alcanzó a descontar México con un penal marcado con ayuda del VAR, pero no fue suficiente, a pesar de jugar con diez hombres desde el minuto diez del segundo tiempo, Inglaterra aguantó el vendaval de los erráticos ataques de los jugadores mexicanos y se llevó la victoria de ese escenario majestuoso lleno de un mosaico verde inolvidable y cálido para su selección: no fue suficiente la intensidad y el orgullo, hay que jugar mejor futbol que el rival, y eso estuvo lejos de ser realidad. Resultado 3-2. México eliminado.

El partido de Estados Unidos–Bélgica, marcó una contundente victoria de los europeos sobre una deficiente selección de Estados Unidos que opuso escasa resistencia y está lejos de ser un equipo contendiente en mundiales. Bélgica 4-1. Eliminado otro anfitrión.

El partido Canadá–Marruecos, fue la confirmación del país africano como uno de los que más ha evolucionado en el ámbito internacional, la semifinal alcanzada en 2022 y cuartos de final en este 2026 confirman su evolución y generación competitiva. Vencieron a Canadá sin problemas, que como país anfitrión cumplió una actuación más que discreta. Resultado, 3-0. Eliminado el tercer anfitrión.

Las llaves de Argentina Suiza; Noruega Inglaterra; España Bélgica y Francia Marruecos, integraron los cuartos de final, donde realmente inicia la competencia al más alto nivel.   Las ocho selecciones escenificaron encuentros épicos, con partidos a matar o morir y llaves enfrascadas entre selecciones tradicionalmente poderosas.

Los cuartos de final dejaron una característica clásica del Mundial: ya no quedan equipos ingenuos. A estas alturas todos saben competir; la diferencia aparece en los pequeños detalles: experiencia, manejo emocional y capacidad de resolver bajo máxima presión.

El partido de Francia Marruecos fue un poco decepcionante, ya que el equipo africano, salió sin convicción y sin actitud hacia el ataque, por lo que Francia impuso su jerarquía ante una selección marroquí, aunque competitiva y ordenada, nunca dio muestras de querer imponerse a los franceses. Marruecos volvió a demostrar que ya pertenece a la élite mundial, pero Francia resolvió con mayor calidad individual y experiencia en partidos decisivos.

El encuentro entre España y Bélgica tal vez fue el duelo más técnico de la ronda. España controló el ritmo con posesión y presión alta, pero Bélgica respondió con personalidad. Partido cerrado que se definió por la mayor capacidad española para manejar los momentos clave. España gana 2-1

El partido entre Inglaterra y Noruega demostró que esta generación de noruegos está para grandes cosas, el equipo nórdico puso contra las cuerdas a Inglaterra y estuvo cerca de otra gran sorpresa del torneo. Los ingleses sobrevivieron gracias a su mayor profundidad de plantilla y resolvieron en la prórroga.

La selección de Argentina venció a Suiza por 3-1, en tiempo extra. Suiza confirmó su crecimiento competitivo y llevó a Argentina al límite. La campeona mostró paciencia, experiencia y capacidad para definir cuando el partido entró en territorio de máxima presión.

En síntesis, esta fase que es la más competitiva generalmente en los mundiales, dejó como secuela el mejor partido: España–Bélgica por la calidad técnica; dos de mayor dramatismo: Inglaterra–Noruega y Argentina–Suiza; el más desigual por jerarquía Marruecos-Francia. Queda como buena impresión del mundial, la sorpresa moral del torneo: Marruecos, nuevamente entre los ocho mejores.

Semifinales: Francia vs España; Inglaterra vs Argentina. La hora de la verdad.

La primera semifinal: Francia y España, dejó un sabor agridulce. Se esperaba un duelo de gigantes, pero Francia ofreció una de sus actuaciones más discretas del torneo. Muy por debajo de su potencial, careció de intensidad, ideas y capacidad de reacción. Ousmane Dembélé, señalado como candidato al Balón de Oro, pasó prácticamente inadvertido, mientras que Kylian Mbappé estuvo muy lejos de ser el futbolista determinante que se esperaba en una cita de esta magnitud. Ambos parecieron jugar con lentes oscuros: incapaces de leer el partido y de asumir el protagonismo que exige la semifinal de un Mundial. Una mentalidad muy distante de un equipo que aspiraba al título.

España, por el contrario, confirmó el excelente momento que venía mostrando. Dominó la posesión, administró los tiempos del partido y golpeó con contundencia en ataques decisivos. Su clasificación a la final fue merecida y reflejó un funcionamiento colectivo muy superior. Por momentos convirtió a Francia en un simple sparring, incapaz de encontrar respuestas futbolísticas. Victoria 2-0.

La nota más desafortunada llegó después del encuentro. El seleccionador francés, Didier Deschamps, cuestionó públicamente el nivel del árbitro salvadoreño Iván Barton para dirigir una semifinal mundialista. Si bien toda actuación arbitral es susceptible de análisis y crítica, resulta inevitable una reflexión: antes de señalar al árbitro, Francia y Deschamps debían examinar su propio rendimiento. Su equipo estuvo muy lejos del nivel que exige una semifinal de una Copa del Mundo. El técnico tampoco encontró respuestas desde el banquillo. Permaneció sin capacidad de reacción ante una selección española aplicada, concentrada, dominante en la posesión y contundente en los momentos decisivos.

Las declaraciones del entrenador francés proyectaron una imagen poco autocrítica. En un escenario de máxima competencia, asumir la responsabilidad del desempeño propio suele engrandecer a los entrenadores; trasladarla al arbitraje rara vez explica una derrota tan clara en el desarrollo del juego. Además, eligió hacerlo de una manera poco afortunada: dejó la pregunta en el aire para que fueran los periodistas quienes respondieran si el árbitro tenía o no el nivel para una semifinal. Los periodistas están para preguntar, cuestionar y analizar; no para responder las dudas de un entrenador que, tras una derrota, busca desplazar el foco de atención hacia el arbitraje.

Más allá de la eliminación, la sensación que dejó Francia fue la de un proyecto que ha agotado su recorrido. Después de catorce años al frente de la selección, Didier Deschamps construyó una de las etapas más exitosas del fútbol francés. Pero también en el deporte los ciclos concluyen. Ahora corresponderá a la Federación Francesa decidir si esta semifinal marca simplemente el final de un Mundial o el final de una era.

Además, Deschamps tendrá ahora el tiempo suficiente para reflexionar sobre su propio desempeño antes que sobre el de los árbitros. El arbitraje, como cualquier labor humana, siempre será perfectible y susceptible de crítica.

En este caso particular, Francia perdió con o sin un arbitraje discutible.

La diferencia estuvo en la cancha, no en el silbato. España fue superior en el juego, en la idea, en la actitud y en la ejecución. Esa es la realidad que Francia deberá analizar si pretende volver a la cima del fútbol mundial.

Didier Deschamps deja un legado extraordinario, pero también la sensación de que el proyecto ha llegado a su límite. Todo indica, es la hora de una nueva generación.

Y si el fútbol francés sigue el curso que muchos anticipan, comienza la era de Zinedine Zidane, quizá el único hombre con el prestigio, la autoridad y el liderazgo suficientes para conducir a los «Bleus» hacia un nuevo ciclo mundialista.

Argentina rompe el sueño inglés

Inglaterra estuvo a las puertas de la gloria. Sesenta años después de su único título mundial, acariciaba la posibilidad de disputar una nueva final. Al minuto 55 tomó ventaja 1-0 y, por varios pasajes del encuentro, pareció tener el partido bajo control.

Sin embargo, llegó la decisión que cambió el rumbo del encuentro. Al minuto 72, todavía ganando 1-0, su técnico, Thomas Tuchel sustituyó a Anthony Gordon, el futbolista más desequilibrante de Inglaterra hasta ese momento, e incorporó un defensor más. El mensaje fue claro: proteger la ventaja. Anthony Gordon, había sido determinante frente a México, al salir del campo, cambió el perfil del equipo. Inglaterra dejó de atacar, cedió la iniciativa y entregó el balón a una selección que no necesita muchas invitaciones para imponerse.

Argentina aprovechó el repliegue, remontó el marcador y acabó con el sueño inglés. A partir de la salida de Gordon la posesión de Argentina fue del 88% y de Inglaterra del 12%. Frente a un equipo con la capacidad técnica de Argentina, defender durante casi veinte minutos exclusivamente cerca de su portería era una apuesta extremadamente peligrosa.

Y Argentina no perdonó. Tiene demasiada calidad en los pies de Messi y delanteros implacables como Lautaro Martínez o Julián Álvarez, además del liderazgo de Enzo Fernández en el mediocampo. Bastaron siete minutos para darle la vuelta al marcador con dos acciones de enorme jerarquía. El primero, un trallazo desde los linderos del área de Enzo, pegado al palo derecho, batió al portero inglés.

La segunda anotación estuvo envuelta en polémica. En la jugada previa, Messi pisó a un defensor inglés y la acción no fue revisada por el VAR, una decisión que volvió a alimentar el debate sobre la consistencia arbitral durante el torneo. Después llegó la sentencia: centro magistral de Messi y cabezazo implacable de Lautaro Martínez, que, rodeado por cuatro defensas, remató a bocajarro para sellar el partido.

Inglaterra dejó escapar una oportunidad histórica. Durante más de una hora había competido de igual a igual con el campeón del mundo. Pero en las semifinales, un repliegue prematuro frente a un rival de semejante jerarquía suele pagarse muy caro.

Futbolísticamente Tuchel e Inglaterra no perdieron por realizar un cambio, perdieron por cambiar la mentalidad del equipo de mantener el ritmo y control del partido, por defender un marcador precario. Tuchel declaró que no se arrepentía de los cambios, una postura legítima, pero difícil de sostener cuando el resultado terminó siendo exactamente el contrario al que buscaba.

En el fútbol, como en la vida profesional, las decisiones trascendentes no se juzgan únicamente por la intención, sino por sus consecuencias. Tuchel puede defender sus cambios cuanto quiera; el marcador terminó cuestionando su planteamiento. Podrá argumentar todas sus teorías, pero queda una pregunta inevitable: ¿por qué sacar a Gordon cuando era el jugador que más daño le estaba haciendo a Argentina?

La respuesta invita a quien la tomó a la autocrítica o la obstinación.

Porque el miedo y ese doloroso bloqueo emocional al sentir tan cerca y tan lejos el éxito, generan ansiedad extrema, temor al fracaso y siempre aparece en los momentos decisivos. Lo siente el entrenador que puede perder una semifinal, el líder cuando una decisión puede cambiar el destino de muchos. La diferencia no está en quien nunca siente miedo, sino en quien aprende a reconocerlo, enfrentarlo y evitar que gobierne sus decisiones. El miedo no desaparece; hay que enfrentarlo y dominarlo. Todo es una cuestión mental de preparación para decidir en el momento clave.

Quizá ese fue el instante crítico de Tuchel: no necesariamente una mala lectura futbolística, sino permitir que la necesidad de proteger una ventaja mínima pesara más que la convicción de mantener la iniciativa. Frente a los grandes equipos, renunciar al juego puede ser una forma silenciosa de entregarles la oportunidad que esperan.

La historia del fútbol está llena de entrenadores que buscaron defender un resultado y terminaron defendiendo una derrota. Porque en los escenarios de máxima presión, la prudencia sin valentía puede convertirse en temor, y el temor puede disfrazarse de estrategia

Inglaterra empezó a perder cuando renunció a jugar al fútbol, derivado de las decisiones de su entrenador. Inglaterra cuenta con jugadores que saben manejar el balón y son contundentes, Kane, Bellingham, Rice y Gordon. Mandarlos a defender en su propia área fue un despropósito por decir lo menos, casi un absurdo táctico.

Tienes futbolistas capaces de conservar el balón, generar peligro y matar el partido, y decides encerrarlos en tu propia área para rechazar centros durante veinte minutos. Frente a México le funcionó, pero Argentina no es México. Tiene a Messi, Lautaro, Julián y Enzo. A esos jugadores no puedes regalarles la pelota y el campo. Lo pagó en siete minutos. Así se escribió la historia, Argentina derrotó a Inglaterra 2-1.

Por el otro lado, Scaloni entrenador de Argentina, tuvo un escenario más favorable, los ingleses le evitaron tomar decisiones drásticas. imaginemos lo que habría pasado si Inglaterra mantienen el bloque medio, maneja el balón con su tridente Kane, Bellingham y Gordon y Stones ordena la defensa solida con un 4-3-3 inamovible y mantiene la posesión. La crisis habría sido para Scaloni y creo que haría lo mismo que hizo: dejar que jueguen y decidan sus jugadores, confiar en ellos y en particular en las genialidades de Messi. Ahí la diferencia de influir o no en la estrategia y en las decisiones. A veces es mucho más simple confiar y darle la pelota al que sabe.

En los momentos decisivos, la calidad técnica importa, pero también la capacidad emocional de sostener una convicción cuando el miedo al fracaso aparece. El profesional no es quien no siente la presión; es quien decide sin permitir que la presión decida por él.

En el fondo de la angustia humana suelen aparecer tres grandes temores: la soledad, la vergüenza y la culpa. El miedo al castigo por haber fallado, el miedo al abandono por no cumplir las expectativas y el miedo a la humillación cuando el error queda expuesto ante los demás. Son emociones poderosas que pueden alterar el juicio precisamente en los momentos donde más necesitamos claridad.

Cuando veo el historial de nuestra golpeada selección de México, es evidente que la falta de talento, capacidad futbolística y mentalidad, tienen un denominador común, la falta de preparación rigurosa para las contiendas de carácter global. Nuestro sistema es incompatible con esos niveles de competitividad.  En síntesis: la preparación no elimina el miedo; transforma el miedo, cuando no se tiene la preparación, persiste el miedo al éxito y somos incapaces de transformarlo en decisiones y mentalidad.

Y se confirma la final del mundial: España vs Argentina. Francia e Inglaterra jugarán por el tercer lugar.

La final del mundial de fútbol de 2026 es sin duda la más mediática, polémica y expuesta en todo el planeta al escrutinio de los aficionados, periodistas y medios de comunicación, de toda la historia de los mundiales.

La pugna inició desde el momento que se conocieron los dos equipos finalistas. Las redes sociales explotaron en controversias, descalificaciones y acusaciones impensables en otras finales. El fútbol pasó a segundo plano y la reyerta creó una animadversión hacia la selección de Argentina. En gran medida propiciada por decisiones de los árbitros, más que controvertidas, acusaciones de favorecer a Messi y compañía fue la punta de lanza de todo el movimiento, además esto fue alimentado por la propia FIFA, que durante todo el torneo se mantuvo en silencio, sin rendir cuentas y sin la transparencia que ameritaba un evento de tal magnitud.

Más allá de los clásicos pleitos entre aficionados, que embriagados por la pasión emiten juicios e insultos, es importante destacar que el mundial desnudó una de las partes más sensibles en la evaluación del torneo: los errores graves de los árbitros evidenciados por las cámaras, la tecnología y el escrutinio con microscopio de los millones de aficionados en el mundo.

El arbitraje, el VAR y la tecnología, no estuvieron a la altura de las circunstancias y eso polarizó el ambiente. Además del ya referido e inexplicable silencio de la FIFA ante escándalos que marcaron resultados.

La selección de Argentina se ha ganado a pulso la animadversión de millones de fanáticos en todo el mundo, por una simple razón, sus jugadores son proclives a faltar al respeto a los rivales, al público e incluso a los árbitros. Su juego es al filo del reglamento, provocando, golpeando y agrediendo a los adversarios, apostando a la ineptitud de los árbitros y a su antecedente de ser los vigentes campeones. Esta actitud fue reiterada y cuestionada por todos quienes siguieron el torneo.

Se agrega además la actitud canibalesca de algunos periodistas argentinos, quienes se fueron con todo contra quienes cuestionaban la parcialidad y favoritismo de las decisiones hacia Messi en particular y la selección de Argentina en general. Previo al partido, durante el partido y después del partido las redes explotaron con cientos de miles de videos, opiniones y manifestaciones de repudio hacia la FIFA, los aficionados contrarios y los árbitros. Una batalla con francos tintes canibalescos que matizaron y marcaron una final de mundial controvertida al extremo.

Del partido de fútbol, es concreto lo que se puede analizar.

España fiel a su estilo sobrio y de dominio de un sistema de juego, con posesión permanente, recuperación de la pelota inmediata y un toque privilegiado de todos sus jugadores dominó, controló y manejó el partido. Con enorme paciencia, esperó su momento, escasa contundencia al frente fue lo más criticable, lo que obligó a llegar al alargue sin anotaciones.

Por su parte, Argentina, también fiel a su estilo se dedicó a intimidar al rival a base de faltas, empujones, patadas y agresiones al filo del reglamento, con la complacencia del árbitro, la falta de posesión del balón los desesperó por momentos y generó pocas acciones al ataque, lo que habla del control, posesión y mayor dominio del juego de los españoles. Aun así, con una actuación sobresaliente de su arquero lograron llegar al alargue con el marcador sin goles, pero también sin llegadas, cero tiros a la portería rival, algo histórico para un finalista de copa del mundo. Incluso se anuló un gol legítimo a los españoles casi para terminar el partido, el árbitro lo anuló sin revisar el VAR y sin mayores explicaciones, fiel reflejo de lo que fue todo el torneo, los españoles, pacientes y disciplinados no reclamaron y aguantaron la pifia del árbitro, asistentes y VAR.

En el alargue, España se mantuvo fiel a su estilo, paciente, dominador, con la posesión y el toque que neutralizó cualquier ataque argentino. Y en una jugada en el primer minuto del segundo tiempo extra sentenciaron el partido. Un centro pasado al segundo palo, es recentrado por Williams con empujón claro del defensa que ayudó para alcanzar el balón, la pelota cae al corazón del área y Ferran Torres con un zurdazo implacable vence al Dibu. 1-0. España. Los argentinos como efecto lógico tratan de atacar con más pasión que orden y en dos ocasiones estuvieron a punto de empatar, un centro por la derecha, raso y fuerte es despejado de manera increíble por Cubarsí, entre el poste y la pierna del portero cuando ya se cantaba el gol argentino. Y la última, un córner cobrado por Messi, lo rechaza la defensa al manchón penal, la pelota queda botando, la prende Simeone de bolea a bocajarro y la vuela por encima del travesaño. Increíble, una sola clarísima y la erró. Termina el partido. 1-0, España campeón del mundo. Y empieza la trifulca, agresiones por todos lados, golpes, empujones y puñetazos entre los del banquillo argentino y algunos jugadores españoles, las cámaras prudentemente evitan las imágenes que por supuesto son evidenciadas en las redes sociales y aparecen los agresores y los agredidos. Se calman las aguas, llega la premiación y España levanta la copa, con los jugadores de Argentina dando la espalda al festejo. Se cumple el viejo adagio: en la victoria se enseña y en la derrota se aprende.

Se espera que la FIFA haga la investigación respectiva de los acontecimientos posteriores al partido, que es evidente, deben sancionarse basados en el reglamento y la trascendencia del evento en el que se presentaron: una final de Copa del Mundo.

Argentina en la derrota

Argentina vive una de sus eras doradas, comparable con las grandes generaciones que marcaron la historia de los mundiales: el Brasil de Pelé, la Holanda de Cruyff, la Argentina de Maradona, la Alemania de Beckenbauer o las distintas generaciones de Italia que hicieron de la competencia y la táctica un sello de identidad.

La era de Lionel Messi quedará registrada por sus títulos, por su talento extraordinario y por haber devuelto a Argentina a la cima del fútbol mundial. Pero precisamente las grandes generaciones dejan una responsabilidad que va más allá de los resultados. El legado no solamente se mide por las copas levantadas, sino por la forma en que una selección representa los valores del deporte.

La etapa posterior a Messi tendrá el desafío de reinventarse. No significa renunciar a la pasión, al carácter competitivo ni a la intensidad que forman parte de la identidad argentina; significa elevarlos. La nueva Argentina deberá demostrar que la grandeza de un campeón también se expresa en el respeto al adversario, en la humildad de la victoria, en la dignidad de la derrota y en el respeto hacia sí misma.

Porque las grandes selecciones no solo son recordadas por cuánto ganaron, sino por la huella que dejaron en la historia del fútbol. Argentina debe evolucionar porque está obligada por su propia grandeza.

La derrota ante España debe convertirse para Argentina en un aprendizaje profundo. No solamente desde la perspectiva futbolística, sino desde una dimensión más amplia: comprender qué significa realmente la grandeza dentro de una cancha. La grandeza no concluye cuando se levanta una Copa del Mundo; también se demuestra cuando se acepta la derrota, se reconoce el mérito del adversario y se entiende que ganar y perder forman parte inseparable de la esencia del deporte.

Argentina ha producido algunos de los futbolistas más extraordinarios de la historia. No necesita construir su identidad alrededor de la exaltación de la viveza, la transgresión del reglamento o la glorificación de episodios contrarios al juego limpio. Su talento futbolístico es suficiente para imponerse sin convertir el límite del reglamento en una estrategia recurrente. La verdadera evolución consistirá en que la admiración por su fútbol termine eclipsando cualquier celebración de la trampa, por ingeniosa o rentable que esta haya parecido. Incluso cuando esa trampa haya contribuido a conquistar una Copa del Mundo con un gol marcado deliberadamente con la mano.

Sería un error reducir este análisis a una crítica contra una selección determinada, un árbitro o una tecnología. El problema es más profundo. Los árbitros cambian, los jugadores se retiran, el VAR evoluciona y las redes sociales pasarán. Lo que permanece es un sistema de poder que, bajo el discurso de proteger el espectáculo, termina protegiendo intereses económicos, políticos e institucionales. Cuando la prioridad deja de ser la integridad de la competencia y pasa a ser la preservación del negocio, el reglamento deja de ser un límite para convertirse en una herramienta flexible. Ese es el verdadero problema.

Argentina ha conquistado nuevamente el respeto del mundo por sus títulos, por la calidad de sus futbolistas y por una generación extraordinaria encabezada por Lionel Messi. Precisamente por esa grandeza, una derrota como la sufrida ante España no debe verse como un fracaso, sino como una oportunidad de reflexión y evolución.

Las grandes selecciones también se construyen en la derrota. El verdadero campeón no solamente sabe celebrar cuando alcanza la gloria; sabe aprender cuando la pierde.

La era posterior a Messi tendrá entonces un desafío enorme: conservar la pasión, el talento y el carácter competitivo que han definido históricamente al fútbol argentino, pero acompañarlos de una expresión más plena de los valores que hacen grande al deporte más popular del mundo. Argentina debe aprender que los grandes también deben dominarse a sí mismos.

La pregunta que queda para la Argentina del futuro no es si tiene talento para volver a ganar; ya demostró que lo tiene. La pregunta es si esta extraordinaria generación será capaz de transformar su enorme carácter competitivo en una expresión todavía más completa de grandeza: competir con intensidad, ganar con humildad y perder con dignidad.

España en la victoria

España por su parte, no solamente conquistó la Copa del Mundo; confirmó una manera de entender el fútbol. Su triunfo no fue producto de la casualidad ni de una acción aislada. Fue la consecuencia de una idea sostenida durante todo el torneo: posesión como herramienta de control, disciplina táctica, paciencia para encontrar el momento preciso y confianza absoluta en un estilo de juego.

En una época donde muchas veces se privilegia la velocidad, la intensidad y el resultado inmediato, España recordó una verdad esencial del fútbol: también se puede ganar desde la inteligencia, desde el orden y desde el respeto al juego.

Su comportamiento durante el torneo fue parte de su grandeza. No necesitó convertir cada disputa en una batalla, ni cada decisión arbitral en una confrontación. Compitió con firmeza, defendió sus convicciones futbolísticas y aceptó los momentos difíciles con serenidad. Esa combinación de talento, disciplina y respeto representa una de las expresiones más completas de un campeón del mundo. España no solamente levantó una copa; dejó una enseñanza: la paciencia también puede ser una forma de valentía.

Argentina mostró que la grandeza necesita dominio propio; España mostró que la grandeza también nace de la serenidad.

El último rugido

Inglaterra vs Francia: el partido que recordó cómo debe jugarse un Mundial

Y cuando parecía que el Mundial ya había entregado sus grandes historias, un día antes de la final, apareció el partido por el tercer lugar para recordarnos que el fútbol todavía puede ser una expresión de libertad, valentía y espectáculo.

Fue un encuentro épico, de esos que dignifican una competición. Dos selecciones heridas por la derrota, pero orgullosas del camino recorrido, salieron a la cancha sin especular, sin miedo al fracaso y con el valor de asumir riesgos. Jugaron como debería jugarse un Mundial: al ataque, buscando el gol, aceptando el desafío y entendiendo que el fútbol también tiene una responsabilidad con quienes sostienen esta fiesta desde las tribunas y frente a las pantallas: los hinchas, los tifosi, las batucadas y los millones de aficionados que viven el juego con la misma pasión.

No hubo estrategias conservadoras ni cálculos mezquinos. Hubo futbolistas jugando con libertad, entendiendo que el fútbol también es riesgo, imaginación y valentía.

Ambas selecciones recordaron una verdad que a veces se pierde en la máxima competencia: un Mundial no solamente debe ganarse, también debe honrarse. Y se honra atacando, buscando el gol, intentando imponer una idea de juego y ofreciendo al aficionado aquello que espera durante cuatro años: emoción, intensidad y espectáculo.

Fue un partido sin complejos, donde nadie quiso esconderse detrás del resultado. Los jugadores salieron a competir, pero también a disfrutar y a dejar una última obra en la memoria del planeta. Porque el miedo puede proteger un marcador, pero rara vez construye una historia.

Ese tercer lugar terminó convirtiéndose, paradójicamente, en una de las grandes lecciones del torneo: el fútbol alcanza su máxima expresión cuando los protagonistas tienen el valor de jugar, de arriesgar y de regalar emociones.

Diez goles en noventa minutos: Inglaterra 6 – Francia 4. Un marcador que fue el mejor homenaje posible a quienes hacen grande este deporte: aficionados que gritan, sufren, celebran y viven cada anotación como si fuera única.

Un partido increíble, una última explosión de fútbol antes de que el telón del Mundial comenzara a cerrarse. Inglaterra conquistó el tercer lugar y cerró su mejor actuación en una Copa del Mundo en sesenta años; y Francia después de un primer tiempo desastroso, recordó que se debe a su afición: recobró la dignidad deportiva y anotó cuatro goles en el segundo tiempo. -Dos goles de Mbappé, lo convirtieron, en solitario, con 10 anotaciones, en campeón de goleo del torneo-.  Ambos equipos recordaron con su actuación, que incluso después de perder una semifinal todavía existe una manera digna y memorable de despedirse, hasta el último minuto: jugando fútbol.

Un partido mágico.

Mi encuentro con Gianni.

El 30 de junio de 2026 estuvimos ahí, en el partido de dieciseisavos de final: México contra Ecuador, quizá el mejor partido de nuestra selección en el Mundial. La victoria fue un bálsamo para una afición que durante varias generaciones ha cargado frustraciones, ilusiones rotas y decepciones.

El estadio volvió a mostrar su grandeza. Fue un espacio majestuoso, creado para el fútbol y para esos momentos que quedan grabados en la memoria colectiva.

Al finalizar el partido, mientras salíamos, pasamos cerca del palco de honor, ese lugar reservado para los privilegiados del Mundial: artistas, exjugadores, celebridades y empresarios. Ahí tuvimos encuentros fugaces pero inolvidables. Saludamos de mano a Hugo Sánchez; a Pepillo Aguilar quien respondió con su característico guiño; y al “Vítor”, con sus ocurrencias y su inconfundible personalidad de barrio chilango.

Continuamos nuestro camino y pasamos frente al palco donde Gianni Infantino daba una breve entrevista. Desde la grada inferior, acompañado de mis dos hijos, le grité:

—¡Gianni!

Volteó hacia nosotros. Levanté la bufanda verde con la leyenda de MÉXICO, que llevaba en mi mano derecha y la hice girar sobre mi cabeza mientras gritaba:

—¡Ganamos! ¡Ganamos con categoría!

Infantino respondió con una sonrisa, aplaudió con sus manos, levantó el pulgar y se despidió del gesto con entusiasmo, mientras exclamaba:

—¡Viva México!

Fue el encuentro de dos mundos. El presidente del imperio futbolístico y el aficionado que ha vivido quince Mundiales. Un contacto fugaz, cordial, humano; un instante en el que desaparecieron las diferencias, los debates y las críticas.

No hubo resentimientos ni insultos. Solo dos personas separadas por la distancia del poder, pero unidas por un momento universal: la emoción del fútbol.

La frialdad de los números.

Después de la gula de fútbol durante 39 días, se apagan las luces, baja el telón, el estadio queda vacío y los viajeros llegan a casa, se guardan las casaquillas, el maquillaje y los disfraces. Y vienen las reflexiones del nuevo campeón y del nuevo subcampeón. El análisis, la leyenda y la historia. El campeón goleador, los errores, las derrotas y las sorpresas.

Como decía el “Mago Septién” cuando termina el partido, queda la frialdad de los números, esos que no mienten y dejan claro quién es quién.

El fútbol terminará algún día. Los campeones serán sustituidos por otros campeones y las estadísticas quedarán guardadas en los archivos. Pero hay momentos que escapan al tiempo. Aquella noche no fuimos espectadores: fuimos parte de la historia. El estadio, la camiseta, nuestros hijos y nuestra emoción quedaron unidos en un instante irrepetible. La copa pertenece al campeón; el recuerdo pertenece a quienes estuvieron ahí.

 

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